Palacio de Valledor ( Castropol)

Bienvenidos a mi Blog. Os invito a leer y comentar mis Relatos. 

Espero que disfrutéis su lectura, paseando por los mundos, más o menos fantásticos, que en ellos aparecen.

ÍNDICE de RELATOS

RELATO  0 :  REGRESO AL PALACIO DE VALLEDOR.

RELATO  1 :  ESPANTAPÁJAROS

RELATO  2 :  LOS ANILLOS DE LA MEMORIA

RELATO  3 : VIAJE ASTRAL

RELATO  4 :  SU LADO OSCURO

RELATO  5 : EL ARTE Y LA VIDA

RELATO  6 : SPOT

RELATO  7 : EL VAGABUNDO

RELATO  8 : PESADILLA

RELATO  9 : EL FARO DEL AHORCADO

RELATO  10: EL ÚLTIMO VIAJE

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REGRESO AL PALACIO DE VALLEDOR

 

Exactamente a las 11 en punto de una mañana esplendorosa del mes de mayo del año 2009,  José Villamañe, maestro rural por tierras de los Oscos, descendió de su auto y contempló el colegio de su infancia.

El palacio del Valledor, ubicado en el pintoresco pueblo de Castropol, albergó la Escuela Hogar desde finales de los 60 a finales de los 80. Nuestro protagonista estuvo interno en el colegio durante siete Cursos, desde segundo hasta octavo de E.G.B. Hasta quinto, asistió a clase en las escuelas viejas de Castropol, y los últimos años al nuevo colegio construido a mediados de los años 70.

Recordó la breve reseña de la Wikipedia:

“El palacio del Valledor, perteneciente a la familia del mismo nombre, fue erigido en el S.XVI. Posee una planta en forma de U cuadrada, con sendas torres al final de sus brazos, rodeando un patio interior.  La capilla, con un magnífico retablo barroco, fue adosada en el s. XVIII”.

Una tapia de piedra de más de tres metros de altura y rematada por pequeñas y espaciadas pirámides, rodeaba el viejo caserón y los terrenos adyacentes por tres de los cuatro puntos cardinales. Sobre los muros grises crecían las hiedras y los helechos.

José Villamañe se demoró unos segundos contemplando el escudo heráldico labrado en la fachada, encima del portón de entrada rematado por un arco de medio punto. Al pie del pétreo estandarte aparecía la siguiente leyenda: “Al solar del Valledor, antiguo y de gran valor”. Al recio portalón, cubierto de escamas de pálida pintura verde, se le habían desprendido algunas tablas y otras aparecían rotas. Al profesor rural le recordó una extraña y descomunal boca, desdentada y con varios dientes mellados. Una boca que lo llamaba, soplándole al rostro el aliento del pasado.

A ambos lados de la puerta de entrada se abrían dos pequeñas ventanas enrejadas, con barrotes de hierro y contraventanas del mismo verde decrépito. Mientras las de la ventana izquierda lucían intactas, las de la derecha habían desaparecido casi por completo.

El vetusto palacio, cual pirata tuerto, le susurraba antiguos secretos compartidos y lo invitaba a desenterrar arcaicos cofres olvidados.

La desvencijada puerta se abrió con un suave chirrido de protesta. En el patio porticado medraba una pequeña selva de zarzas, brotando entre las heridas del cemento. La hiedra también asomaba por doquier y tras husmear por el suelo cuarteado trepaba por el blanco leproso de los muros. Sus largos dedos codiciosos se deslizaban sobre los amplios ventanales y se aferraban a los herrumbrosos canalones buscando la ruinosa techumbre de pizarra. Sobre ésta, aquí y allá, brotaban raquíticos helechos, perpetuamente estremecidos por el azote continuo del viento del nordeste que soplaba desde la cercana ría.

Tratando de ignorar las sordas punzadas de nostalgia, José Villamañe desenvainó su flamante Sony de 20 megas y comenzó a disparar a su alrededor. Las familiares imágenes, tantos años contempladas, fueron cayendo frente a los certeros fogonazos. El reloj de sol, situado bajo el alero de la capilla; La escalera de la entrada con su robusta baranda, labrada con esmero; Las recias pilastras de piedra, que sostenían dos de las tres paredes que cobijaban el patio.

Los recuerdos comenzaron a manar a borbotones. Los partidillos de fútbol en el reducido recinto, con su pronunciada inclinación que desequilibraba la balanza. Las filas para entrar en el comedor, serpenteando a través del pasillo que recorría toda la parte inferior bajo los soportales. Las mañanas de domingo,  cuando limpiaban los zapatos que luego llevarían en misa y el aire se llenaba con los aromas pegajosos del betún, Kanfort y Búfalo, marrón y negro.

José Villamañe ascendió lentamente los desgastados peldaños y penetró en el interior del solitario caserón. Ante él se abría el largo pasillo que corría tras las fachadas que abrazaban el patio. La poderosa luz del mediodía que penetraba a través de la media docena de ventanales revelaba hasta el más mínimo detalle. El maestro rural aspiró profundamente. La atmósfera enclaustrada ensanchó sus pulmones y serenó su espíritu. El polvo, largamente estancado sobre el suelo y las paredes, se alzó revoloteando y el sol lo acuchilló con tajos rectos y contundentes. Tras la tenue y fantasmal cortina, José Villamañe se reencontró con los cuadros de payasos y paisajes que languidecían, suspendidos entre el techo artesonado y las planchas de madera que revestían el tramo inferior de la pared.

Uno de los cuadros era una fotografía de la Alhambra. El cielo sobre los jardines estaba plagado de diminutas motas negras como un enjambre de estrellas enlutadas. Cerca de éste colgaba un lienzo sin marco. Un Castropol juvenil, con 50 años menos, lucía mohoso y apagado. En la esquina superior izquierda, un edificio compacto, largo y oscuro, destacaba entre sus blancos compañeros como una gigantesca muela cariada. Ya entonces, el Palacio del Valledor era una construcción antigua. Pero estaba sano, pletórico de energía. Su mole gris, sólida e imponente, descollaba como un monolito de cielo encapotado desprendido de la troposfera. A su alrededor, media hectárea de campo, limpio y cuidado, lucía inmaculada. Si la foto se hiciera hoy, desde la misma perspectiva, la antigua Escuela Hogar apenas se vería entre la maraña de zarzas.

José Villamañe se dispuso a tirar más fotos. El visor estaba empañado. Necesitaba el paño especial que venía con la cámara para limpiar la lente. Vaya, pensó, ¿dónde demonios había dejado la funda?...Recordó que la había depositado sobre el antepecho de una de las dos ventanas del patio y salió a buscarla. La encontró colgada del picaporte de la puerta de la capilla. No recordaba haberla colocado allí. Levemente intranquilo, miró a su alrededor. El sol calentaba cada vez con más fuerza. Los grillos y chicharras cantaban entre las zarzas. Varios gorriones discutían acaloradamente sobre el alero de enfrente.

José Villamañe meneó la cabeza y se secó el sudor de la frente, mientras pensaba que la emoción y los nervios a veces provocan que hagamos cosas sin darnos cuenta, y él se había emocionado realmente al pisar de nuevo el patio de su niñez. Descolgó la funda y volvió a entrar.

Se dispuso a inmortalizar el dibujo de un sonriente payaso acompañado del correspondiente poema en prosa, había varios de éstos repartidos por las distintas estancias. Reparó en que el cuadro estaba ligeramente torcido. Lo enderezó parsimoniosamente, se situó a la distancia adecuada para un  mejor encuadre e hizo la foto.

Intentó abrir la puerta de la antigua sala de estudio, pero estaba atrancada y ninguna de las llaves que el cura le había dejado encajaba en la cerradura. El pasillo torcía en ángulo recto hacía el comedor y la cocina. En las paredes, más cuadros de risueños payasos, monumentos e imágenes piadosas.

José Villamañe, colocó la cámara sobre el trípode y situó éste sobre el punto medio de la bisectriz. A continuación, retrocedió hasta la puerta, accionó el REC con el mando y, tras protagonizar una nueva y teatral entrada desde el patio, comenzó a avanzar muy lentamente a lo largo del pasillo, mientras desgranaba el discurso que traía preparado a tal efecto.

Repasó brevemente la historia del histórico edificio como institución de acogida, académica y educativa que, a la sazón, había investigado  en Internet. Con voz pausada, grave y solemne, y levemente temblorosa a ratos, comenzó hablando del Orfanato del Santo Ángel, allí existente desde mediados de los años 20 hasta finales de los 40. Aquí expuso primero los fríos datos cuantitativos que hablaban de entre 30 y 50 huérfanos de padre y madre, triplicándose el número a partir de la Guerra Civil.

Luego, le echó algo de imaginación literaria al asunto y, con frases emotivas y rotundas, trató de retratar la dramática situación de aquellas criaturas, a merced del hambre, el frío y las enfermedades, y privados del más elemental afecto paterno. Remató su sentida e inspirada plática con una frase que se le había ocurrido durante una larga noche de insomnio y que, una vez revisada y pulida a conciencia, hablaba de la huella indeleble del sufrimiento, soledad, dolor y miedo, infantil, prisionera y latente, para siempre, entre los cansados muros del Palacio del Valledor.

Después de relatar la desventurada historia de los huérfanos, José Villamañe movió la cámara situándola en el otro extremo del pasillo y, ya en un tono más tranquilo y sosegado, mencionó la clausura del Orfanato Santo Ángel, un mes de julio del año 47, y su sustitución por el Colegio San José, regido por las Hermanas de la Caridad, que impartían clases de párvulos y E.G.B. a varias decenas de niños de Castropol y los pueblos de alrededor.

Finalmente, a finales de los años 60, comenzó a funcionar la Escuela Hogar, acogiendo a más de un centenar de niños y niñas, la mayoría del occidente astur, aunque también había algunos del centro y oriente. En el año 73 las monjas fueron sustituidas por educadoras y maestras, la mayoría jóvenes interinas que preparaban allí las oposiciones.

José Villamañe hizo una pausa y, mirando fijamente la cámara, mencionó las fechas de su ingreso y despedida: septiembre del 71, junio del 78. A continuación, expuso un breve resumen de su trayectoria vital en el Centro haciendo especial hincapié en algunos hitos memorables, y terminó señalando el 30 de junio del año 87 como el día del cierre definitivo de la legendaria institución educativa.

Posteriormente, citó a modo de epílogo, había existido un proyecto para ubicar allí los juzgados que había quedado en nada; las infantas, Elena y Cristina, habían pernoctado durante un fin de semana en su periplo por tierras de los Oscos a mediados de los 80, y, últimamente, había acogido varias colonias escolares durante el verano.

Pero, en los últimos 25 años, nadie había hecho uso de sus instalaciones. El Palacio del Valledor había sido abandonado de la mano de Dios. Aunque figuraba como propiedad de la Iglesia, sus verdaderos dueños, hoy por hoy, eran la hiedra y las zarzas, los gorriones y las chicharras. 

Aquí finalizó el reportaje introductorio. José Villamañe se despidió con otra frase ingeniosa, largamente reflexionada, saludó y apagó la cámara.

Situado cerca del vértice del ángulo del pasillo, rememoró un lejano día de otro mes como éste. Mes de mayo, mes de María. Así, todos los días del mes florido por excelencia, y en el mismo pasillo en que ahora se encontraba, formaban en fila, antes de desayunar, para entrar en la capilla a rezar el rosario. El centenar largo de niños y niñas internos ocupaban toda la longitud del pasillo. José Villamañe recordó caras de ojos soñolientos, bostezos mal reprimidos y un coro desafinado de tripas rugientes.

Mientras grababa, caminando lentamente, el día radiante a través de los amplios ventanales, se le ocurrió que aquella era una estrategia perfecta para conseguir apasionados devotos del santo rosario para toda la vida. 

En ese momento, comenzó a oírse un suave golpeteo procedente de la cerrada sala de estudio. Dejó de filmar, se acercó a la puerta y escuchó. No, no se trataba de golpes, más bien sonaba como un tenue rascar, desgarrar y masticar. Se detenía a intervalos irregulares y volvía a comenzar.

Ratas, pensó José Villamañe, … ¿Qué demonios estarán comiendo?...Claro...Libros… ¿Qué, si no?...

Recordaba el armario empotrado, atestado de libros de texto, novelas de aventuras juveniles, cuentos infantiles y un amplio surtido de comics. Allí había comenzado a desenterrar los tesoros que se escondían en las páginas de Julio Verne, Los Cinco y Los Siete Secretos de Enid Blyton, Tintín y Astérix, El Jabato, El Capitán Trueno…

En ese momento, ocurrieron dos cosas, casi al unísono. Cesaron, abruptamente, los ruidos procedentes de la sala de estudio y, simultáneamente, resonó un fuerte golpe a su espalda. J.V. se giró sobresaltado, cruzó el pasillo y se asomó a la ventana.

Un gorrión se había estrellado contra el cristal y yacía sobre uno de los dos bancos de hierro situados a ambos lados del patio, con la cabeza torcida y las convulsas patitas arañando el aire.

El calor era ahora sofocante. Calculó sobre 30 grados a la sombra. El coro de grillos y chicharras reanudó el concierto, brevemente interrumpido. Los gorriones, colegas del accidentado, los secundaron gozosamente. J.V. abrió el resto de las ventanas para evitar más percances desagradables. Fotografió el pájaro agonizante y lo grabó en un primerísimo plano hasta que las patas del gorrión dejaron de agitarse y sus ojos vidriosos se velaron. Luego, movió lentamente el objetivo y fue ascendiendo por las zarzas hasta el tejado, la tapia y el intenso cielo azul, más allá de las copas de los castaños y cipreses de la finca colindante. El alma del pajarillo elevándose hacia las alturas. Un zoom muy ingenioso. J.V. tenía ciertas dotes artísticas y a veces se le ocurrían ideas originales y creativas.

Justo donde el pasillo doblaba en ángulo recto, se abría una puerta que conducía hasta los dormitorios. Desgraciadamente, tampoco le sirvió ninguna de las llaves. Esbozó un gesto de contrariedad. Lamentaba no poder acceder a esa parte del caserón por la fotogenia de los escenarios y las agradables vivencias que le traía a la memoria.

Temiéndose lo peor, se dirigió a la puerta del final del pasillo. Ésta, en cambio, se abrió sin problemas. Cruzó otro pasillo más pequeño. Toda esta parte de la casa tenía el mismo piso de grandes baldosas, color marfil y ladrillo, simulando un gigantesco tablero de ajedrez. Remedando los movimientos del caballo, accedió a la cocina.

Las zarzas cubrían las ventanas, sumiéndola en la penumbra. Largos tentáculos espinosos penetraban a través de los cristales rotos y reptaban exploradores sobre el carro con dos baldas de madera y armazón de hierro,  lleno hasta los topes de platos y vasos Duralex, cubiertos a juego y jarras de porcelana. El menaje completo, listo para servir.

J.V. entró grabando y desde la puerta tomó un plano largo y fijo de la profusa cubertería emergiendo entre la maleza. Se acordó de la última cena del Titanic y también del “Mary Celeste”, el velero aparecido en alta mar con la sopa humeante sobre la mesa y sin rastro de la tripulación y los pasajeros.

La sensación de desolación y abandono era aquí más fuerte. Sintió pena e indignación. Alguien debería hacer algo. La iglesia, a veces, es como el perro del hortelano y ese día ya le había asestado varias dolorosas dentelladas.

Se acercó al carro y trató de moverlo. Las ruedas estaban bloqueadas. Los cubiertos se estremecieron, desperezándose lentamente con un doloroso y familiar tintineo.

Antes de abandonar la estancia, se dispuso a realizar la foto de rigor. En el preciso instante en que pulsó el botón, un vaso situado cerca del borde resbaló, se desplazó unos centímetros y cayó al suelo haciéndose añicos. El golpe sonó como un disparo entre el silencio cautivo. J.V. respingó alarmado y a punto estuvo de soltar la cámara. Afortunadamente, a sus 50 años, aún conservaba intactos los reflejos y consiguió aferrarla en un rápido quite.

Afuera, había comenzado a soplar el viento y las zarzas se movían, retorciéndose, como si quisieran penetrar aún más a través de la destrozada ventana. J.V. supuso que alguna rama había golpeado el vaso haciéndolo caer. Porque los vasos no acostumbran a suicidarse arrojándose al vacío. Se acordó del gorrión estrellándose contra el cristal. Igual hoy era el día mundial de la autoinmolación y él no se había enterado. A su rostro enjuto asomó una sonrisa irónica teñida de cierto nerviosismo. Respiró hondo. Poco a poco, su corazón recuperaba el ritmo normal. Coño, que uno no gana para sustos, pensó mientras salía caminando lentamente hacia atrás, como un peón arrepentido regresando a posiciones defensivas.

Pasen, señores, pasen y vean. En su recorrido sin guía al Parque Temático de la Añoranza, J.V. visitó la atracción del cuarto de la tele. Allí había pasado algunos de los mejores ratos en aquellos 7 años. El prehistórico aparato de la marca PHILIPS seguía en el mismo sitio, como un mastodonte sepultado y emergido en el deshielo.

El maestro rural evocó las mágicas y deliciosas tardes, especialmente los fines de semana, disfrutando de interminables sesiones de TV, siempre que la bendita lluvia malograra los fastidiosos paseos por las afueras del pueblo. A falta de palomitas, consumían pipas Churruca en cantidades industriales y mascaban chicles Bazooka, fresa y menta, de esos que recordaban minúsculos neumáticos de Fórmula 1. Con un duro compraban dos bolsas y un paquete de chicles.  

Una nutrida pléyade de personajes legendarios y entrañables comenzaron a desfilar. El gato Félix, el caballo Furia, Los Chiripitifláuticos, Los payasos, Sesión de tarde, La casa de la pradera, La Ley del revólver, Misterio….

Grabó durante varios minutos, tomó fotos desde distintos ángulos y se acercó al aparato. Deslizó su mano titubeante por la leve convexidad de la pantalla, los oscuros apliques de madera y el inmenso tubo catódico. Limpió el cristal y se fotografió reflejado en él. El potente flash automático lo deslumbró, cegándolo momentáneamente. Cuando al fin consiguió recuperarse del inesperado destello, comprobó cómo había quedado la foto.

Lo sacudió un intenso escalofrío. Esta vez la cámara se hubiera caído sin remedio si no estuviera anclada al trípode. Ahogó un grito. Al lado de su rostro sonriente y melancólico, aparecía retratada una cara extraña de mirada fija y alucinada. Desde la cocina, situada tras la pared a su espalda, le llegó un crujido grave seguido de un prolongado chirrido metálico.

El viento seguía arreciando. A J.V. le pareció que alguien le soplaba en la nuca, como si una libélula gigante, o tal vez Campanilla, batieran alas en su cogote.

Se giró instintivamente, miró la pared de enfrente y se echó a reír.

¡El Monje Loco!… ¿Cómo no lo había visto al entrar?...

La cabeza de un severo padre inquisidor lo mirada acusadoramente desde su marco de guirnaldas verdes y volutas de fantasía. De niños,  le tenían auténtico pánico. Las monjas lo sabían y a menudo los castigaban a permanecer de pie, a solas, delante de la tétrica figura. Su faz, colérica y furibunda, emergiendo de la capucha de verdugo, sentenciaba con el rictus implacable digno del juez de la horca: “Mírame, pequeño bastardo. Has pecado, y te vas a ir de cabeza al infierno”.

Durante esos años y aún mucho después, había estado omnipresente en sus peores pesadillas.

Un rayo de sol, liberado por el viento del Sur de su cárcel de algodón, penetró  a través del ventanal que daba al lavadero e iluminó la atemorizante imagen. El ascético rostro del monje pareció arder. Sus ojos despiadados fulguraron como  carbones encendidos.

Involuntariamente, José Villamañe dio un paso atrás. Claro, cuando entró, la habitación se encontraba en penumbra y su atención se había centrado en el viejo televisor. Luego, justo al sacar la foto, se había iluminado el cuadro, igual que ahora. La madre que parió al condenado fraile de los demonios. Vaya susto que le había dado.

En la sala de la tele, los mayores de 7º y 8º solían celebrar los cumpleaños organizando un festivo guateque. Comían pastas artesanas Reglero y  bebían sidra El Gaitero, compradas en el SPAR del pueblo. La botella de tres cuartos costaba 25 pesetas, una respuesta del Un, Dos, Tres. Cerca del mítico establecimiento, hoy desaparecido, vivía un zapatero remendón que todas las mañanas atravesaba un estrecho callejón y pasaba por delante de la Escuela Hogar para ir a buscar leche a una granja de las afueras. Siempre que se lo encontraban saludaba de la misma forma, “huevos días”, y se reía él solo de su chiste surrealista.

Creyó recordar que durante estos actos verbeneros incluso les habían permitido fumar en alguna ocasión. Hoy, esto le parecía tan inconcebible que dio en pensar que a lo mejor lo había soñado.

José Villamañe se alejó de las sombras y caminó hacia la luz del espacioso comedor, que ocupaba dos amplias estancias contiguas.

Allí, hasta hace dos décadas largas, se sentaban 6 niños en cada mesa. Los mayores servían, recogían y ayudaban a los más pequeños. La comida no era nada del otro mundo. Recordó una especie de manteca rancia y picante que solían arrojar por la ventana a la huerta, hasta que las maestras descubrieron la jugada y se armó una buena. Los domingos, a la cena, acostumbraban a servir unas sardinas en lata con un sospechoso color verde amarillento. Eso sí, durante los pantagruélicos desayunos se atiborraban de tierno y crujiente pan de barra, untado con Tulipán y mojado en un chocolate espeso y caliente. Un auténtico manjar de dioses.

El día del cumpleaños de la directora, Doña Matilde, se servía un fantástico menú, con tarta incluida. La pena es que sólo ocurriera una vez al año.

Ahora, unas pocas mesas se encontraban agrupadas en el centro y sobre ellas había frascos llenos de pinceles rígidos, cajas de témperas resecas, botes con restos de pintura petrificada y cartulinas con dibujos infantiles. Sobre la pared, aparecían más dibujos clavados en una pizarra de corcho, al lado de muñecos de superhéroes y personajes de cuento, coloreados y recortados; además de un reloj, fabricado en cartón, que marcaba las nueve y media; una fecha al lado, más números recortados, y varias estampas de los distintos meses y estaciones.

A la derecha del corcho colgaba una pizarra magnética conteniendo un amplio surtido de letras mayúsculas y minúsculas, rojas y azules, pulcramente ordenadas en varias hileras superpuestas.

Dedujo, acertadamente, que se encontraba ante los restos de actividades para colonias escolares que hasta un par de décadas atrás se venían celebrando durante el verano. Por lo visto, los últimos se habían marchado cagando prisas y no se habían molestado en recoger.

La luz penetraba a raudales a través de los amplios ventanales, abiertos desde el suelo hasta cerca del techo, y resaltaba la alegría cromática de la estancia, serenando y animando, de paso, al antiguo alumno, algo alicaído tras las últimas e inquietantes experiencias.

En la pared opuesta a las pizarras colgada la enésima versión del payaso feliz, sosteniendo un racimo de globos, elaborado a base de retales de vivos colores. Empuñó la cámara y registró fielmente cada detalle aprovechando la intensa claridad.

Grabó un primer plano del clown y se subió a una mesa para filmar un contrapicado de los útiles de manualidades. Luego, caminó hacia los ventanales abiertos y grabó la espléndida panorámica sobre la ría, el pueblo aletargado y, más allá, las montañas verdes en lontananza. Se demoró largamente en la playa a la que acudían a menudo, plagada de conchas y pulidos guijarros multiformes de sorprendentes colores. Con nostálgico deleite recorrió el pequeño islote rocoso poblado por matas floridas de espinos silvestres creciendo entre una decena de espigados eucaliptos. Dos cuevas paralelas horadaban su subsuelo invocando sueños de temerarios bucaneros y hazañas de aventureros intrépidos.

El bocinazo de un camión dedicado a un conductor despistado reventó la burbuja y José Villamañe se cayó de su nube de fantasía. Con un suspiro de fastidio y resignación, se retiró del ventanal y volvió a concentrarse en el interior. Tomó planos de cerca de las dos pizarras y fue abriendo lentamente el objetivo.

Constató, con cierta sorpresa y satisfacción, que la pizarra magnética contenía dos dobles alfabetos completos, no se había extraviado una sola letra.

Afuera, el viento arreciaba doblando las ramas. Cerró los ventanales.

La estancia contigua estaba prácticamente vacía, a excepción de un par de armarios de madera carcomida, atestados de cachivaches, y en las paredes un único cuadro de gran tamaño que representaba La Última Cena en bajorrelieve plateado. Siempre le había llamado la atención por el realismo de las figuras y la original técnica de elaboración.

Después de fotografiarlo, se acercó hasta él y pasó el dedo por encima abriendo un brillante surco entre el polvo. Cristo y los Apóstoles lucían opacos. Los frotó con el pañuelo y relucieron con argentinos destellos.

En ese momento sopló una furiosa ráfaga de viento, más violenta que las precedentes. En la habitación contigua, donde había estado unos momentos antes, resonó un gran estruendo. José Villamañe pegó un brinco, este día iba a romperle los nervios, y se acercó cautelosamente para investigar las causas de tamaño alboroto.

El golpe de viento había abierto uno de los ventanales, que él había dejado mal cerrado, y había derribado varias sillas colocadas de cualquier manera encima de una de las mesas. Además había desprendido alguna de las letras de la pizarra magnética. Se acercó para hacer recuento y comprobó que faltaban una docena de consonantes y varias vocales, todas mayúsculas. Las azules eran ahora mayoría.

Lo extraño del caso era que en el suelo no había ninguna letra. Profundamente intrigado, se agachó y miró debajo de las mesas. Se tumbó y buscó bajo los armarios. Nada, sólo polvo y telarañas. De nuevo se aproximó a la pizarra. Los huecos seguían allí, desafiando una explicación lógica. Se dijo que a lo mejor ya faltaban antes y no había reparado en ello. Pero, casi se atrevería a jurar que los 4 alfabetos estaban completos. Pero…un momento…claro…la cámara…

Rebobinó con dedos nerviosos y el corazón acelerado. Otra vez volvía a sudar y no sólo de calor. Cuando localizó el fotograma su corazón latió aún más de prisa. Allí aparecían los 4 flamantes abecedarios. No había una sola baja en las filas, ningún hueco rompía la armoniosa formación.

Se acercó al abierto ventanal. Aferrado a la baranda de hierro clavó la vista en el lejano horizonte, sobre la línea nítida de las colinas recortándose contra el intenso azul celeste. Sobre el asfalto de la carretera, poco transitada a esas horas, el sol reverberaba fabricando ilusiones pasajeras. Los grillos y las chicharras seguían atronando. Varias gaviotas sobrevolaban la ría, chillaban y se lanzaban en picado sobre la mar tranquila. Miró a sus pies bajo la ventana y descubrió un caballo pasiego amarrado a un robusto cerezo. A su vera, un chivo de respetable perilla se sofocaba, tumbado entre las zarzas y también prisionero, sin duda expiando alguna culpa inconfesable. A ambos se les marcaban las costillas, medio muertos de hambre y sed y comidos por las moscas.

José Villamañe, hombre del campo, esbozó un gesto de lástima e indignación. Avisaría al cura. Aquellos animales se encontraban en un estado lamentable. Se trataba de un caso de flagrante injusticia: el cabrito amarrado y el cabrón del dueño, suelto.  Se distrajo momentáneamente del misterioso caso de las letras desaparecidas.

Al volverse, descubrió tres de ellas trepando por la pata de una mesa. Supuso que al encontrarse ésta contra la pared quedaban ocultas y por eso no las había descubierto antes. Aunque no estaba muy convencido de su razonamiento, de momento no se le ocurría otra explicación mejor.

Tres letras rojas. Mayúsculas. Arriba del todo, la O; en medio, la L; y abajo, la A…

…………………….O…L…A…………………….

 

…¡Cuánto tiempo!... ¿Hay alguien ahí?...

 

……………….O…L…A………………..

…¿del mar bravío, picoteado por las hambrientas gaviotas…?

¿Había por aquí duendecillos traviesos o alguien le estaba gastando una broma, alguien que tenía ganas de jugar…? Quienquiera que fuese, era endemoniadamente silencioso.

Súbitamente contagiado por un travieso arrebato lúdico, José Villamañe arrancó todas las letras de la pizarra, eligió unas cuantas y las volvió a colocar en el centro.

                             

                              ¿ Q U I E N E S      S O I S ?

 

Cómo le faltaban letras, recortó algunas de cartón y las pegó sobre las X y las W.

A continuación, regresó al pasillo de la entrada y lo recorrió con diligencia. Al llegar al vértice de la L, se detuvo y miró intranquilo a su alrededor. Tuvo la impresión de que se había operado un sutil cambio en la amable y festiva sonrisa de los payasos de las paredes. Ahora simulaba más bien una mueca burlesca y maliciosa, como si compartieran un ominoso secreto.

Volvió a tentar la puerta cerrada que conducía a las habitaciones del piso inferior. Se abrió con un suave chirrido. No se lo esperaba y pegó un traspié. Ignorando los temores de hace un momento, atravesó un corto pasillo y comenzó a descender un empinado tramo de escaleras, con la Sony por delante, grabando sin interrupción. Al llegar al descansillo, se paró y tomó un plano fijo de la enorme habitación. Era la estancia más amplia del palacio con notable diferencia. Se trataba de un barracón de unos 20 metros de largo por 10 de ancho que en su día albergó una treintena de camas litera, de las cuales subsistía el armazón de media docena en buen estado y una decena más desarmadas o rotas. Los armarios metálicos, colocados entre ellas, habían envejecido mejor y apenas si mostraban algún pequeño deterioro.

José Villamañe se conmovió al comprobar que la única cama que conservaba el colchón había sido la suya durante los últimos Cursos. Los más pequeños solían dormir abajo y los mayores en las literas superiores. Su cama estaba situada enfrente de la ventana. Una absurda asociación de ideas le trajo a la memoria el cuento de “Ricitos de Oro”. Se subió a la cama, cerró los ojos y dejó que su mente volara libre retrocediendo en el tiempo. El pantano de la memoria abrió de nuevo sus pesadas compuertas.

...Las mañanas de los sábados eran un verdadero placer de dioses, cuando el sol se levantaba, ascendía en el horizonte y bañaba su cabecera. Qué a gusto se estaba en cama a esas horas, cuando no había que madrugar y salir a la fría mañana para asistir a clase en el Colegio del pueblo.

En el año 1972, la selección española de fútbol derrotó a la de Chipre por 7 a 0. La maestra cuidadora que dormía en la pequeña habitación del fondo, salía de cuando en cuando y les iba cantando los goles de España que todos celebraban con gran júbilo.

El 20 de Noviembre del año 1975, a primeras horas de la mañana, estando aún todos acostados, la joven maestra se situó en medio del pasillo y con semblante serio y compungido les informó de la muerte del Caudillo. Los gritos de alborozo ante la noticia superaron largamente a los del fútbol de tres años atrás, mientras saltaban sobre las camas y se peleaban con las almohadas. No es que los niños se alegraran especialmente de la muerte de Franco, pero el luctuoso suceso suponía una semana extra de vacaciones.

En aquellos tiempos, cuando se celebraba un bautizo, además de los habituales caramelos, los padres y padrinos del bautizado arrojaban pesetas a puñados desde la escalinata de la iglesia sobre la plaza situada entre ésta y el Ayuntamiento. Una jauría de niños y algún adulto, espabilado y con poca vergüenza, libraban singular combate para rebañar aquellas preciosas “rubias”, acuñadas con los dos célebres perfiles del Caudillo, el orondo y el famélico. Alrededor de 10, no había estado mal; por encima de 20, era un apreciable botín, y más de 30 representaba una pequeña fortuna.

Aconteció que un venturoso día, los progenitores del sacramentado se mostraron más generosos que lo que era habitual. Abundaron, así, los apreciables botines y las pequeñas fortunas y, quien más, quien menos, todos se fueron con sus buenas monedas en los bolsillos.

Esa misma noche, estando ya acostados, resultó que algunos de los más afortunados e intrépidos, sintieron la acuciante necesidad de derrochar sus pingües ganancias. No se les ocurrió nada mejor que saltar por la ventana del dormitorio y correr a la tienda del pueblo para cambiar el dinero llovido del cielo por varios kilos de terrenales chucherías. Hay que decir que nuestro protagonista no participó en aquella bacanal temeraria y consumista, librándose así del severo castigo impuesto a los descerebrados excursionistas nocturnos.

El pastel se descubrió cuando uno de los pequeños, no se sabe si por afán de venganza al no haber participado en el festín recaudatorio, tuvo la feliz idea de acudir donde las maestras y hacerles un pormenorizado relato de los hechos...

Un fuerte golpe procedente del baño, situado a la derecha de la escalera por la que había bajado, lo despertó bruscamente de sus felices ensoñaciones.

Saltó de la litera y, cámara en ristre, avanzó hacia el cuarto de aseo.

Se trataba de un recinto de unos 15 metros cuadrados, con una decena de lavabos adosados a dos de las paredes, cada uno con su espejo correspondiente, tres duchas y tres wáteres en las dos restantes. Constaba de una ventana que se abría hacia el Este y otra, más pequeña, orientada al Norte. La primera ventana era de las pocas que tenía todos sus cristales intactos a pesar de hallarse a dos metros escasos del suelo exterior.

José Villamañe hizo una foto con mano temblorosa. Los espejos lo ponían nervioso. ¿Qué se refleja en ellos cuando nadie los mira? Había leído la frase en algún sitio y le había parecido algo tonta pero ahora lo inquietaba. Aun así, decidió grabarse a sí mismo reflejado en uno de los espejos. Entonces recordó que había acudido hasta allí porque había oído un golpe. Es curioso, pero hace un momento lo había olvidado.

Miró a su alrededor y no encontró nada que pudiera haberlo provocado. A menos que…un momento…

…Abrió la puerta de una de las duchas, situadas tras la mampara central de separación. La boquilla se había desprendido y yacía en el suelo. El cordón de sujeción, anclado a la pared, aun oscilaba levemente.

De repente, José Villamañe sintió un frío intenso. En aquella ducha, hacía más de medio siglo, había recibido su bautismo de hielo.

Recién llegado del pueblo, en su primer día en la Escuela Hogar, se había topado con sor Carmen, una monja alta y bastante bruta, que, sin darle tiempo a deshacer el equipaje, lo había desnudado y colocado bajo el chorro gélido. Trató desesperadamente de apartarse pero la servidora de Cristo lo sujetaba con mano de hierro. Creyó que se moría allí mismo. No había podido olvidar la traumática experiencia. Se estremeció de nuevo y cerró la puerta de la ducha. 

Se disponía a abandonar el cuarto de aseo cuando captó un leve movimiento dentro de uno de los espejos. Se aproximó con la respiración contenida.

¿Qué reflejan los espejos cuando nadie los mira?

Algo pequeño y oscuro se aproximó por su espalda a una velocidad prodigiosa. Resonó un golpe seco y breve, como un golpe de karate.

José Villamañe se giró y descubrió el mirlo agonizante sobre el alféizar de la ventana.

¿Pero qué demonios les ocurría hoy a los pájaros?, pensó mientras contemplaba el segundo kamikaze alado de la mañana. El animal moribundo lo miraba con ojos suplicantes. Abrió la ventana y percibió un fuerte olor a cadáver.

Antes, al mirar desde el ventanal del comedor, había contado mal. Allí fuera había tres animales. El caballo y el cabrito, amarrados al cerezo y medio muertos de hambre y sed, y un enorme gato negro, muerto del todo, ahorcado en una de las ramas altas.

Allí fuera, en algún sitio, había gente muy mala. Temblando de asco e indignación, recogió el mirlo estrellado y cerró la ventana. Lo depositó cuidadosamente en el cuenco del lavabo, sobre un nido de pañuelos de papel, y fue a recoger la funda que, una vez más, se había dejado olvidada, sobre la cama de su infancia.

Allí estaba, exactamente donde la había depositado, esta vez no hubo sorpresas. Vaya, menos mal, respiró aliviado y también en parte decepcionado. Miró el reloj y se sorprendió del tiempo transcurrido. Llevaba casi tres horas allí dentro. Si hubiera tenido que calcularlo, hubiera dicho que hora y media, dos como mucho. Y ni siquiera había comido. Las tripas protestaron y se acordó de la fila matutina para el rezo del santo rosario. Decidió que ya iba siendo hora de irse. Por hoy, ya había estado bien.

Antes de ascender la escalera, echó un último y fugaz vistazo al cuarto de los baños. El alma se le cayó a los pies. El cuerpo del mirlo yacía tirado en el suelo, en medio del cuarto, bajo la mampara, inmóvil y yerto. El minúsculo bulto azabache destacaba vivamente sobre las pálidas baldosas.

Desde el tramo superior de la escalera, que quedaba oculto a su vista, descendió un sonido de risitas sofocadas y pasos apresurados. Risas agudas y pasos cortos. Ruidos infantiles.

Su corazón se detuvo, saltó y emprendió veloz galope. Se le erizó el vello de los antebrazos, sintió que le faltaba el aire y la boca repentinamente seca. Ascendió un par de escalones y aguzó el oído, escuchando.

Las chicharras seguían cantando, parloteaban los gorriones y el viento gemía en los aleros y a través de los cristales rotos. Aparte de eso, no oyó nada más. Ningún ruido raro ni fuera de lo corriente.

Sin duda, su exacerbada imaginación auditiva le había jugado una mala pasada. Continuó subiendo la escalera con la cámara en posición de REC. Su mano derecha temblaba y tuvo que sujetarla con las dos. Regresó sin mayor novedad al pasillo angular y probó de nuevo con la puerta de la sala de estudio. Tal como esperaba, se abrió sin dificultad.

Dentro, todo estaba, prácticamente, como él lo recordaba. Las mesas de estudio, unas tres docenas, cubiertas con una especie de formica verde, se agrupaban en dos dobles filas a izquierda y derecha, a ambos lados de un amplio pasillo central. Al fondo, delante del ventanal que daba al campo de juego, se hallaba la mesa de la maestra. Desde las oscuras paredes, lo contemplaban un crucifijo de escayola de respetable tamaño y los retratos del Rey y Francisco Franco, custodiando cada uno los mensajes enmarcados de su despedida y toma de posesión, respectivamente.

José Villamañe se acercó a leerlos. En la habitación había poca luz por culpa de la hiedra y las zarzas exploradoras que, cual ladrones furtivos, aprovechaban las grietas del ventanal para penetrar en el interior. Los más osados habían logrado introducirse más de un metro y colgaban flácidos y fantasmales.

Ambos discursos habían sido utilizados por las maestras como castigos constructivos y muchos internos, especialmente los niños, más díscolos y rebeldes, habían tenido que aprendérselos de memoria. Recordó que el de Juan Carlos era el más temido, bastante más largo y con la letra más pequeña. Lógico, pensó; Franco se encontraba al límite de sus fuerzas, rota y débil la voz aflautada, y después de 4 décadas poco le quedaba por decir. Cual Don Quijote de bolsillo, José recordaba la primera frase: “Españoles, al llegar para mí la hora de rendir la vida ante el Altísimo y comparecer ante su inapelable Juicio, pido a Dios…”

Avanzó hacia el balcón y tiró de las pesadas contraventanas. Las zarzas se resistieron mordiéndole  los brazos. Apoyado en la oxidada baranda de hierro contempló el campo de juegos. Aquí la maleza había crecido mucho más que en el patio de la entrada. Una densa y alborotada alfombra de silvas cubría por completo el terreno de juego, ocultaba los muros y trepaba por el centenario nogal aferrándose a sus ramas escuálidas y enfermas. Los hierros herrumbrosos de la canasta y las porterías volcadas sobresalían en ambos extremos como extrañas osamentas desenterradas y olvidadas.

Por primera vez en todo el nostálgico recorrido, se le humedecieron los ojos. Los estragos causados por el inexorable paso del tiempo eran aquí mucho más evidentes. El lúdico recinto se encontraba en un estado desolador, absolutamente irreconocible.

Nada quedaba a la vista de la dura superficie de tierra donde, en las mañanas de los sábados, habían disputado maratonianos partidos de fútbol.

Después de dos horas jugando sin interrupción, sobre el rectángulo de 40 por 15, los resultados eran tan abultados que más que de balompié parecían propios de balonmano y algunos, incluso, de baloncesto. En una ocasión, después de terminar, como siempre, sudando a mares, bebió agua fría en el grifo del patio, bajo los soportales, y se quedó mudo. Durante una larga y angustiosa semana, J.V. utilizó un lenguaje peculiar, a medio camino entre traductora para sordomudos y el hombre que susurraba a los caballos. 

Los domingos a última hora de la tarde, al regreso del habitual paseo hasta la estación del tren donde merendaban pan con chocolate La Cibeles, onzas negras y robustas, solían disputar un partido de fútbol en el que participaban todos, niños y niñas. Competían entre 30 y 40 por equipo con un balón blanco y más duro que un bloque de hormigón. No solían verse muchos desmarques ni balones centrados por alto y nadie tenía muy claro cuál era su equipo. Mientras en los partidos matutinos de los sábados se hinchaba a marcar goles, en los vespertinos dominicales se consideraba afortunado si conseguía contactar un par de veces con aquella especie de bola pintada de león de las Cortes.

El viento seguía soplando con fuerza y las nubes de la anunciada borrasca atlántica comenzaban a desfilar apresuradamente.

Hizo un par de fotos con mano insegura y ánimo decaído. Luego, se retiró del balcón y se sentó en la mesa de la maestra. Respiró hondo y cerró los ojos. 

“Basilio baila boleros y bebe vino de la bota”

“Azucena zurce zapatillas entre las zarzas”

Las inspiradas frases caligráficas irrumpieron con la fuerza de un brioso e indómito corcel. Las letras, grandes y redondas, se perfilaron nítidas, confinadas entre los pautados raíles como un tren enrevesado e infinito. A veces descarrilaba, claro, y se derramaba la regia sangre azul. Bic naranja, Bic cristal, el fino y el normal…

José comenzó a oler a tinta fresca. Abrió los ojos de golpe, esperando ver el fino cuadernillo verde, allí todo era verde, abierto delante de él.

No había nada, por supuesto, sobre la superficie de la mesa, excepto un estilizado ciempiés, sin duda extrañado por tener compañía, que había comenzado a cruzar parsimoniosamente de derecha a izquierda.

Los viernes por la tarde, la mayoría de los niños se marchaban a sus casas. Unos 10 o 15, dependiendo de la semana, se quedaban porque residían lejos, en aquel tiempo todo quedaba lejos. Recorrer 50 o 60 km. era como atravesar el océano. Los padres, labradores, no podían permitirse el lujo de gastar el dinero en taxis. De tal forma, que solo regresaban al hogar paterno en las fechas de vacaciones. José Villamañe era uno de los que se quedaban.

La tarde de los viernes, indefectiblemente, debían escribir una carta a sus padres. Todas, al menos las que él escribía, comenzaban de la misma forma:

          “Queridos padres: Deseando que al recibo de la presente os encontréis bien de salud, yo bien, a Dios gracias, paso a contaros lo que me ha ocurrido esta semana…”

Y terminaban de manera idéntica:

“Y por hoy ya no tengo más que contaros. Deseando veros pronto, se despide vuestro hijo que os quiere y os echa mucho de menos…”

La fecha arriba, la firma abajo, tras los besos y el abrazo, y aquí paz y después gloria. Obligatoriamente, había que escribir una página entera del cuaderno. Ningún problema. Se usa letra caligráfica, grande y estirada como un rico terrateniente, y se rellena con cuatro banalidades cotidianas el angosto espacio sobrante entre los floridos y prolijos párrafos de la presentación y despedida. Claro, pensó José, ¿Qué ibas a poner? Casi nunca les ocurría nada interesante. Las cartas de los viernes, redactadas en esta sala cuando las zarzas invasoras ni siquiera asomaban en la tierra, eran una especie de crónica, rutinaria y aburrida.

Exhaló un hastiado suspiro, se levantó y se dirigió hacia el armario empotrado. Consiguió abrirlo tras denodados esfuerzos, que fueron sobradamente recompensados con el descubrimiento de 4 baldas repletas a rebosar y combadas por el peso de dos centenares de libros y seis décadas soportándolos.

Allí estaban los inmortales Tintín y Astérix, El Jabato y El Capitán Trueno, Julio Verne, Stevenson, Salgari,  Los 3 Investigadores, Enid Blyton con los 5 y  los 7 secretos, Andersen…y un surtido repertorio de los cuentos clásicos infantiles, encuadernados en tapa dura de gran tamaño, con letras descomunales y soberbias ilustraciones ricamente coloreadas.

Con ademán solemne y reverencial, deslizó los dedos sobre los tomos gastados y polvorientos. Extrajo uno al azar, resultó ser “Tintín y el templo del Sol”, lo abrió por el centro y enterró su rostro entre las páginas amarillentas, dejándose embriagar por el añejo perfume, el aroma sutil y evocador del papel viejo, largamente recluido tras los desvaídos barrotes negros.

Decidió llevárselo de recuerdo, nadie lo echaría de menos. Hablaría con el cura para negociar la compra del resto. Sin moverlos de allí, por supuesto, de su Hogar, de su Escuela. Podría venir a verlos de vez en cuando y charlar de los viejos tiempos.

Fotografió los discursos enmarcados y grabó un lento barrido de las mesas, la pizarra y los libros del armario. Después salió al pasillo con el Tintín bajo el brazo.

El ulular de una sirena cercana silenció momentáneamente el concierto de los gorriones y las chicharras. El reloj del campanario de la iglesia dio dos  campanadas. Una madre llamaba a su hijo a la mesa. Más lejos, hacia las colinas del Este, ladró un perro. Su aullido, prolongado y lastimero, resultó inquietante y descorazonador.

José Villamañe entró en la capilla. Sería su última visita por hoy. Ascendió por la escalera de madera hasta el corredor superior. Los cansados peldaños crujieron, como quejándose. Le recordaron el aullido del perro. Apoyado en la baranda, se recreó admirando el hermoso retablo rococó, artísticamente trabajado con arabescos y filigranas de fantasía en tonos dorados y púrpura.

Abajo, sobre el mantel del altar, destacaba la santa custodia del sagrario, como una casita de chocolate tocada por los dedos prodigiosos del rey Midas. Arriba del todo, cerca de las oscuras vigas del techo, se divisa el ángel exterminador del Apocalipsis, armado con la espada flamígera y con un atuendo que recuerda la sota de la baraja; lo flanquean sendos querubines de carrillos hinchados por el esfuerzo de soplar la larga trompeta. Preside el retablo una Inmaculada Concepción, tipo Murillo, subida sobre la bola del mundo, y, asomando entre sus pies, el cuerno lunar sosteniendo la humillada serpiente. La expresión de rabia y maldad del ofidio de los demonios estaba plasmada con impresionante realismo. El diabólico reptil también había aparecido de vez en cuando, como estrella invitada, en las pesadillas de José Villamañe, haciendo causa común con el monje inquisidor.

A la derecha de la Virgen, hállase un desconocido santo con tonsura, y a la izquierda un tal san Román Nonato, cuyo peculiar apellido siempre le había llamado la atención. Con el tiempo, averiguó que “Nonato” significa “no nacido”, y que  fue extraído del útero materno mediante cesárea después de que su madre falleciese durante el parto. El hombre, tras su accidentado alumbramiento, llevó una vida de provecho y hoy se le venera como el patrono de las matronas y las parturientas.  A ambos lados, sobre dos peanas de madera, custodiando el sagrado monumento, se encuentran las figuras de  San José, con el Niño de la mano, y el Sagrado Corazón de Cristo.

 En sus años de niño ya le había impresionado la magnificencia y majestuosidad del conjunto, y contemplándolo ahora hubo de admitir que esa admiración infantil estaba más que justificada. La desidia del arzobispado ya no tenía nombre permitiendo la lenta ruina de aquel tesoro religioso y artístico. Cómo si un padre, con alimentos de sobra,  contemplara la lenta muerte de su hijo por desnutrición y no hiciera nada por evitarlo.

En las paredes desconchadas quedaban media docena de pequeños cuadros representando las estaciones de la Pasión. El resto, yacían tiradas por el suelo, algunas en varios pedazos.  Se sentó en un banco desvencijado y murmuró una oración.

Al salir, se acercó a la pila de agua bendita. Increíblemente, dentro había restos del líquido. Sobresaliendo del charquito pestilente, descubrió un indefinible bulto gris. Recogió del suelo una astilla desprendida del banco y hurgó en el interior. La puntiaguda cabeza de un ratón de campo, mus musculus, lo miró, insolente, con sus muertos ojillos negros mientras rechinaba silenciosamente los afilados dientes.

Dejó caer la astilla y se retiró bruscamente con un gesto de instintiva repugnancia. Bueno, discurrió mientras salía, al menos el simpático roedor falleció bendito del todo.

Al retornar al pasillo, se sorprendió del silencio reinante. Las chicharras y los gorriones habían enmudecido. Se asomó a uno de los ventanales, aquél donde se estrellara el gorrión. En el patio, justo debajo de la ventana, un enorme gato negro devoraba con avidez el cuerpo del pájaro. De repente, el animal dejó de comer, alzó la peluda cabeza y se quedó mirándolo fijamente, con escrutadora y malévola intensidad. De su boca sobresalían varias plumas ensangrentadas y restos de vísceras.

El orondo felino lucía un hermoso pelaje leonado, enteramente del color del carbón excepto por una señal, pálida e indefinible, que recorría su garganta y que recordaba….

José, dudando si soñaba o estaba despierto, recorrió el pasillo cual potro desbocado, raudo atravesó el comedor y se asomó a la ventana.

Allí continuaban el caballo y el cabrito, amarrados al cerezo.  Ambos alzaron sus cabezas y lo saludaron, sucesivamente, con un lastimero relincho y un desmayado balido.

En cambio, el gato negro ajusticiado permaneció mudo por completo. Entre el enjambre de moscas y avispas, su cuerpo se balanceaba suavemente acunado por el cálido viento del Sur.

Se echó a reír al tiempo que gesticulaba violentamente. Un observador imparcial pensaría que había enloquecido de repente. Pues claro que el gato seguía allí. ¿Dónde iba a ir en tal lamentable estado? Eso le pasaba por leer a Poe. Como si los gatos linchados, cual cuatreros ladrones de ganado en el salvaje oeste, se descolgaran alegremente para merendar gorriones estrellados contra los cristales.

Tomó una foto del cerezo y sus tres peculiares inquilinos y cerró la ventana. En ese momento, recordó algo. Regresó al comedor, allí donde descubriera la pizarra magnética.

 

          ¿ Q  U  I  E  N  E  S          S  O  I  S ?

 

La pregunta permanecía intacta donde él la construyera. Nadie había respondido.

Menos mal, se dijo, pero bueno, ¿qué esperaba? ¿Qué los fantasmas dialogaran alegremente con él? Meneó desdeñosamente la cabeza y rio de nuevo. Luego hizo una última foto y se largó a toda prisa.

En el pasillo se aseguró de que los seis ventanales quedaban firmemente atrancados. Se disponía a salir, cuando reparó en que el cuadro que había enderechado estaba otra vez torcido, incluso más que antes. Se encogió de hombros, ya estaba vacunado contra los sustos, y volvió a colocarlo correctamente.

Entonces, se le ocurrió que, además del álbum de Tintín, debería llevarse algún recuerdo material más de aquella jornada inolvidable. Así que, ni corto ni perezoso, descolgó el cuadro con la fotografía de Castropol, salió con su preciado doble botín a  la escalera de entrada y cerró la puerta.

De nuevo en el patio y antes de salir a la calle, tiró las últimas fotos y grabó los últimos minutos de vídeo, como un rito postrero  de conclusión y despedida.

El ojo de la cámara Sony reptó lentamente por entre las zarzas y la hiedra, alcanzó las columnas de piedra y comenzó a trepar por ellas al encuentro de los ventanales. Unos extraños reflejos procedentes de la ventana del medio le llamaron la atención. Activó el zoom para acercar la imagen.

Un día, José Villamañe había agarrado el cable de un pastor eléctrico con las manos mojadas. La poderosa descarga convulsionó hasta la última fibra de su cuerpo y casi lo derriba sobre el campo. Así se sintió ahora. Como si un ogro gigante lo golpeara con un descomunal mazo. Esta vez, el grito salió a flote. El objetivo de la cámara se desvió bruscamente enfocando el tejado.

Cuando al fin consiguió recuperar el encuadre del ventanal, ya había desaparecido la perturbadora imagen, si es que alguna vez estuvo allí.

Sólo habían sido un par de segundos pero, aunque alcance la longevidad de Matusalén, el maestro rural jamás podrá olvidar las dos caritas infantiles pegadas contra los cristales.

Se trataba de un niño y una niña, seguramente hermanos, la similitud de sus rasgos macilentos era muy grande. No tendrían más de 7 años.

Pálido y tembloroso, se sentó y cerró los ojos. La fugaz visión se había grabado a fuego en su retina.

Las naricillas chatas y los pequeños labios remedando un beso imposible, aplastados contra el vidrio frío, y en sus ojos, muy abiertos, toda la pena y el desamparo del mundo, como un prolongado grito de horror, mudo e infinito.

José Villamañe abrió los suyos y su mirada extraviada vagó errabunda a su alrededor.

El reloj de sol se había parado. Las nubes grises que llegaban en tropel habían bloqueado sus engranajes. El rollizo gato negro había finalizado su festín y se había subido al tejado. Desde allí vigilaba atentamente a los gorriones, que alborotaban sobre el alero y el culmen del tejado de enfrente. Los grillos y las chicharras seguían cantando pero con menos fuerza, como si lo hicieran más por obligación que por placer.

Volvió a escrutar los ventanales. No había nada que no debiera estar allí.

Al fin, consiguió salir del estado de shock y se levantó de un brinco, como picado por un escorpión. Salió a trompicones y trató de cerrar la puerta. Tuvo que desistir. La llave entraba con cierta dificultad y su mano aun temblaba.

Se subió al coche y arrancó el motor. Se olvidaba algo. Regresó al patio y recogió el libro y el cuadro. Se sintió observado. No se atrevió a mirar los ventanales. Pero ya se había tranquilizado algo y  consiguió cerrar la puerta. 

De nuevo dentro del vehículo, miró rápidamente los retrovisores. ¿Qué reflejan los espejos cuando nadie los mira…?

Oyó un ruido siseante procedente del asiento de atrás. Sufrió otro violento sobresalto. El coche se caló al soltar el embrague de golpe. El sonido sibilino se repitió de nuevo. Masculló una maldición, al tiempo que se palmeaba la frente y se desplomaba sobre el asiento, soltando el aire retenido.

A continuación, descendió del auto, abrió la puerta de atrás y de un zarpazo rabioso apresó el teléfono móvil que seguía sonando con el timbre en modo vibración.

Arrancó de nuevo y volvió a inspeccionar los espejos, ahora con más calma. El del lado derecho se encontraba ligeramente torcido, sólo mostraba la acera y parte de la pared del palacio.

Accionó el botón corrector.

De nuevo el tiempo se paró y el universo se contrajo, concentrándose en el  brillante lateral dorado de su flamante Peugeot 308, recién salido de fábrica.

Mientras su espíritu levitaba de nuevo, surcando la estratosfera, el cuerpo mortal de José Villamañe, funcionando con el piloto automático, descendió del coche, armado con la cámara, y se puso a grabar el singular descubrimiento.

Visualizó la pizarra magnética, del tamaño de una pantalla de cine.

 

…..O  L  A…………….¿Q U I E N E S    S O I S ?..........................

 

Allí estaba la respuesta. Había encontrado las letras desaparecidas.

 

U  E  R  F  A  N  O  S            H  A  D  I  O  S              B  U  E  L  B  E

 

La declaración de una nebulosa y dolorosa identidad, una despedida y una súplica…

Mientras conducía de regreso a casa, con la cabeza exaltada y el corazón encogido, José Villamañe miró la cámara Sony que reposaba en el asiento del copiloto, con un centenar de fotos y dos horas de vídeo. Se preguntó si algún día reuniría el valor suficiente para ver las imágenes y los fotogramas allí almacenados.

Sea como fuere, se prometió a si mismo que volvería. Lo repitió en voz alta, dirigiéndose a los pequeños inquilinos que lo habían mirado desde el ventanal. Nunca es demasiado tarde para que unos pobres huérfanos tengan compañía y reciban consuelo y, ya de paso, algunas lecciones de ortografía.

Dejaría transcurrir un periodo prudencial y, más adelante, de nuevo, regresaría al pasado, al encuentro de los viejos tiempos y sus errantes moradores.

 

                                        FIN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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RELATO 1: ESPANTAPÁJAROS

 

 ESPANTAPÁJAROS

Lawrence McQueen, más conocido como “Larry, el Flaco”, nunca hubiera esperado encontrar una gasolinera en aquel remoto paraje a decenas de millas de cualquier vestigio de civilización.

A juzgar por la maleza más que incipiente de su parte frontal y los letreros desvaídos, diríase que la vetusta instalación había plantado allí sus reales unas cuantas décadas atrás.

 Larry, “el Flaco”, jamás hubiera sospechado, además, que hallaría una persona al cargo de aquel negocio, ruinoso a todas luces, esperando con infinita paciencia a que alguien se extraviara en ese rincón de Texas dejado de la mano de Dios.

Por otra parte, eso de persona o ser humano era relativo. El tipo que acudió solícito al encuentro de Larry y su Range Rover, recordaba más bien a un singular espantapájaros.

Lucía una increíble mata de pelo rojo que parecía haber sido el escenario reciente de una encarnizada pelea de gatos. Emergía ésta como una cascada alborotada por debajo de las alas de un aparatoso sombrero de paja que a duras penas lograba cubrir el cráter de aquella especie de volcán desmelenado. Una gruesa camisa de franela amarrada en la cintura a la manera de un fraile, caía sobre un viejísimo pantalón de pana a media pantorrilla.

—¿Llenamos el tanque, caballero?.—

Larry respingó. Se sorprendió de que el espantapájaros supiera hablar.

—¿Qué?—titubeó, desconcertado.

Luego, se echó a reír al reparar en lo absurdo de la situación. El empleado pelirrojo se quedó mirándolo con expresión malhumorada.

—¿Qué demonios le hace tanta gracia, amigo?—sus ojos refulgieron bajo las tupidas cejas, a juego con la espesa pelambrera—Si me lo cuenta, a lo mejor nos podemos reír juntos—añadió mientras permanecía muy quieto.

—Perdone, no pretendía ofenderlo—se apresuró a replicar un acongojado Lawrence—es que usted me ha recordado a un amigo mío, muy gracioso.

Desde luego, improvisar nunca había sido el fuerte de Larry. Sin embargo, el sorprendente pelirrojo pareció aceptar de buen grado su peregrina declaración. Su rostro de duende iracundo mutó en payaso bueno mientras procedía a llenar el depósito.

Cuando Larry extrajo la cartera, el espantapájaros volvió a sorprenderle.

—Guarde eso, por favor, invita la casa.

Larry trató de insistir, pero el empleado se mantuvo firme.

—He dicho que no, y es que no—su tono de voz no admitía réplica—¿Acaso le sobra el dinero, amigo?—.

Larry desistió en su afán, le dio las gracias y se despidió.

—Oiga, oiga, no tan deprisa, amigo, no tan deprisa—el pelirrojo se interpuso en su camino—no quiero su dinero, pero sí necesito que me haga un pequeño favor.

El extraño individuo se tocó su llamativo sombrero de paja.

—¿No tendrá por ahí un trozo de lana roja para sujetar mi sombrero? Es que se me cae todo el tiempo, ¿sabe?, y eso es muy molesto, amigo, terriblemente molesto.

—¿Lana roja, dice?—consiguió articular Larry—Pues no, lo siento. No la tengo, ni roja ni de otro color…

—Necesito lana, lana roja—recalcó impaciente—Y la necesito ahora—añadió mientras agarraba, furioso, el sombrero con ambas manos y trataba, en vano, de encasquetarlo mejor.

A Larry le recordó un niño caprichoso en plena rabieta.

Rápidamente, se introdujo en el coche, arrancó y se dispuso a largarse de allí cagando leches. Aquel tipo estaba peor que una regadera.

El espantapájaros, moviéndose a una velocidad prodigiosa, ocupó el lugar del copiloto.

Antes de que Larry atinara a reaccionar, el hombre se quitó el sombrero con gesto solemne y lo sujetó contra su pecho. En su cara de duendecillo gruñón se dibujó de pronto una mueca de absoluta tristeza. Luego, le habló a Larry por última vez, y su voz sonó profundamente abatida, al tiempo que el rictus desolado se acentuaba en su cansado rostro.

—Tenga cuidado con el hilo rojo, amigo. Es la señal de la muerte.

Cerca de media hora y unos 40 km. después, circulando de nuevo por la autopista, de regreso al mundo civilizado, Larry reparó en que el extraordinario personaje había olvidado su sombrero. Si no fuera por aquel contundente detalle, habría jurado que acababa de despertar de una perturbadora pesadilla.

En ese momento sonó el móvil conectado al GPS.

—Larry, por fin, ¿dónde estabas?—la voz de su esposa Mary sonaba levemente irritada—llevo llamándote toda la mañana.

—Me perdí, nena. Tomé una ruta equivocada. Pero ya estoy en el buen camino, a pocos km. de casa.

—Tommy actúa hoy en el Festival del cole, dentro de una hora escasa. He tenido que salir a la carrera a comprarle una cosa para su disfraz. Así, de repente, se le ocurrió que le hacía mucha falta. Bueno, adiós amor, tengo muchas ganas de verte.—Mary se despidió con un sonoro beso.

—Adiós, preciosa, tantas como yo a ti. Y el beso, mejor en vivo—remató Larry, añorando los carnosos labios de su esposa.

Luego se esforzó, sin éxito, en recordar la obra de teatro que debía representar su hijo

Unos 10 minutos más tarde, enfilaba la larga avenida que conducía a su hogar. A lo lejos, a la altura de su chalet, divisó un corrillo de gente ocupando el paso de cebra que permitía cruzar hasta la mercería de enfrente.

Segundos después, se encontraba contemplando el cuerpo inmóvil de su esposa que yacía en medio de un gran charco de sangre, víctima de un brutal atropello.

Sonámbulo, reparó en la bolsa de la mercería que aún aferraba la mano inerte de Mary. Entre las finas asas, asomaba una gruesa madeja de lana roja.

En ese momento se hizo la luz en el cerebro de Larry. La obra de Tommy era “El Mago de Oz”… y también supo con absoluta certeza cuál de los tres personajes masculinos tenía que interpretar su hijo.

En sus oídos resonó una voz, aterradoramente familiar.

“Puede apostar lo que quiera a que el sombrero se le va a caer. Y eso es molesto, amigo, eso es terriblemente molesto.”

Después, la luz se apagó y todo fue negrura.

 

 

 

 

 

 

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RELATO 2 : LOS ANILLOS DE LA MEMORIA

LOS ANILLOS DE LA MEMORIA

 

……………Me queda poco tiempo………………………....

Hace apenas noventa años yo era tan sólo un embrión escondido, un diminuto lápiz de memoria capaz de albergar los datos de toda una vida.

Una apacible mañana de abril, vestido de esperanza, decidí salir al encuentro de la luz.

Si hubiera intuido siquiera los padecimientos que me esperaban ahí fuera, es posible que jamás hubiera abandonado mi oscuro y confortable refugio.

Fue nacer y encontrármelo. Allí estaba, sentado frente a mí.

Créanme, si les digo, que no es nada agradable toparte con tu mayor enemigo desde el primer segundo de tu existencia. Parecía que estaba aguardándome, esperando a que saliera para comenzar a atormentarme. Y desde el primer instante me sentí a su merced, paralizado e indefenso, desde el momento funesto en que me miró con sus ojos fríos y despectivos.

Entonces comprendí que jamás podría huir, y él también lo sabía. Durante años y décadas se aprovechó de mi penosa inmovilidad para hacerme daño.

Para no aburrirles con detalles, me limitaré a relatarles algunos episodios puntuales de las periódicas agresiones que sufrí, aquellas en las que mi pertinaz contrincante se comportó con más saña, aquellas que quedaron tatuadas para siempre en mi dolorosa memoria.

Mi primer recuerdo se remonta a una lejana tarde de otoño, cuando el monstruo se plantó ante mí armado con una enorme navaja. Con deliberada lentitud, profanó mi piel adolescente. Marcado me dejó para el resto de mis días. Innumerables estaciones se sucedieron y fueron endureciendo mi pellejo, pero nunca lograron borrar del todo la traumática cicatriz.

A lo largo de los años siguientes, mientras yo me convertía en un adulto robusto y vigoroso, mi terrible adversario regresó varias veces, pertrechado con utensilios cada vez más sofisticados, para continuar mutilándome sin compasión.

Yo creo que a aquel bárbaro le molestaba que mi aspecto fuera sano y saludable a la par que su decrepitud física parecía acentuarse día tras día. E imagino que fue la ciega envidia que mi vitalidad y lozanía incubaron en la mente retorcida de aquel demonio, la que finalmente lo impulsó a cometer el abominable acto homicida.

Viendo que su vida se terminaba, decidió acabar con la mía. No soportaba la idea de que le sobreviviese. Esto lo tuve claro desde el principio, desde aquel lejano día de abril en que, recién nacido, sentí sobre mí su mirada despiadada, golpeándome como un latigazo feroz.

Aun así, mi sacrificio no fue en vano. Fue un acto necesario para asegurar la existencia de mis hijos, y yo, de alguna forma, continué viviendo en ellos. Fui padre de familia numerosa, diez nada menos, y estoy seguro de que algún día, quizás no muy lejano, mis retoños me vengarán.

          …………………………………………………………

 

          (Un año más tarde…)

El veterano inspector de policía, recién llegado de la capital, contemplaba, estupefacto, el singular escenario del crimen más insólito al que se hubiera enfrentado jamás en sus casi cuatro décadas de oficio.

—Y bien, sargento—el avezado sabueso se giró hacia el joven comandante del puesto —¿Qué opina de esto? ¿Cómo piensa que pudo ocurrir todo?

—Ah, pues, visto lo visto…sólo se me ocurre una explicación. El asesino llegó volando, entró por la chimenea como Papá Noel, sorprendió al anciano campesino, lo golpeó y lo obligó a entrar en el arcón. A continuación, cerró la tapa, arrimó el armario aparador contra el borde de esta, colocó encima la pesada cómoda y dispuso a su alrededor, en el suelo, media docena de robustas sillas. Antes de marcharse, no satisfecho con toda la parafernalia descrita, se tomó la molestia de mover una mesa, de al menos dos quintales, hasta colocarla bloqueando la única puerta de acceso a la estancia; la cual, por cierto, y, dicho sea de paso, se encontraba atrancada por dentro al igual que los dos ventanales. Una vez finalizada su fatigosa empresa, huyó por donde había llegado y se largó surcando los cielos.

—Muy ingenioso, sargento, muy ingenioso—el inspector remedó un burlón aplauso admirativo—debería dedicarse a escribir guiones para el cine.

—¿Acaso tiene usted una explicación mejor? —replicó el aludido abarcando con un gesto la totalidad de la amplia estancia.

 Ambos se hallaban en el salón principal de una casona rural, que hacía las veces de comedor y sala de estar.

Las voluminosas piezas del mobiliario, fabricadas en castaño, habían recuperado su disposición habitual. La mesa de robustas patas torneadas, flanqueada por media docena de sillas a juego, ocupaba el centro de la habitación bajo la pesada araña de bronce. El oscuro armario aparador hallábase apostado entre los dos ventanales. La cómoda, provista de cajones con tiradores dorados, reposaba al lado de la chimenea y, a su diestra, el arcón, artísticamente labrado, libre al fin de su macabro huésped, había recuperado su digna y sólida compostura.

—La verdad es que no—contestó al fin el veterano poli—Es una lástima que los únicos testigos no puedan hablar porque tienen pinta de saber muchas cosas.

—¿A qué testigos se refiere, jefe? —inquirió su sorprendido compañero.

—A los muebles, por supuesto—proyectó un arco rotatorio con su diestra, como un torero dibujando una “media verónica”—Fíjese. Son diez ejemplares magníficos. El hijo de la víctima me contó que su difunto padre los había encargado hacía cosa de medio año.

—¿Sólo medio año? Parecen mucho más viejos.

—Puro artificio, amigo, nada como la química para acelerar el paso del tiempo.

—Ya veo ya…y parecen fabricados en buena madera… ¿nogal? ... ¿roble, quizás? —aventuró el sargento.

—No, castaño—replicó el inspector. —Al parecer, el viejo taló para tal fin el árbol que él mismo había plantado noventa años atrás.

—Pero ¿cuántos años tenía entonces nuestro hombre?

—Según su hijo, cumplió los noventa y siete el mes pasado.

—Vaya… nunca le hubiera echado tantos, —se asombró el joven —cómo decimos por aquí, ese cascarrabias nació con buena Luna.

—Por lo visto, el día de su sexto cumpleaños—continuó el inspector—enterró una castaña en el huerto que hay detrás de la casona.  El fértil y abonado terreno hizo posible que el árbol creciera con extraordinaria rapidez, adquiriendo tales dimensiones en altura y grosor que más que nueve décadas parecía contar con varios siglos de existencia.

“Según me contó la hija mayor del finado, el viejo parecía sentir una curiosa y acusada animadversión hacia el castaño. ¿Ha conocido usted a alguien que odie a un árbol, me dijo, hasta el punto de desear su muerte? Siempre se estaba quejando de que le quitaba el sol a la casa y solía comentar que tenerlo ahí al lado era como vivir a las puertas del cementerio, porque el día menos pensado un golpe de viento acabaría por abatirlo sobre la vetusta edificación.

“Así que, uniendo la acción a la palabra, el hombre, guiado por su delirante obsesión arboricida, acostumbraba a someter al paciente castaño a periódicas y salvajes podas. No atreviéndose a cortarlo por el pie, optó por ir destruyéndolo poco a poco como un cruel carcelero tratando de minar con obstinada perseverancia la salud de un indefenso recluso.

“Pero el árbol, cual singular Ave Fénix, resurgía una y otra vez con arrolladora pujanza y se regeneraba con asombrosa rapidez. Por cada rama seccionada, del anillado muñón brotaba una docena que, tras desarrollarse en un tiempo récord, acrecentaban de forma notable la frondosidad del árbol y así, para desesperación de su enemigo confeso, los veranos seguían siendo sombríos, como su humor, y en los vendavales de otoño continuaba escuchando el susurro de los muertos.

“Tal día como hoy, hace exactamente un año, el anciano, ni corto ni perezoso, decidió cortar por lo sano, y nunca mejor dicho. Contrató una partida de expertos maderistas a los cuales dio indicaciones precisas para que, en el menguante de enero, talasen el castaño casi a ras del terreno. Insistió especialmente en ese punto. No contento con eso, temiendo que incluso así consiguiera brotar de nuevo, hizo arrancar el tocón con una pala excavadora. Sólo entonces, contemplando el descomunal árbol abatido y la colosal maraña de raíces desenterrada y expuesta al escarnio público, el hombre descansó satisfecho, convencido de haber terminado, al fin, con su vital enemigo.

A continuación, llamó al carpintero del pueblo y le hizo el encargo que mantuvo el taller ocupado a tiempo completo durante varios meses. 

—Eh, voilá, —concluyó, al fin, el inspector su larga disertación— aquí tenemos los resultados.

—Caramba—exclamó el sargento, cautivado por la sorprendente historia, —pues, al final, el castaño no cayó sobre la casona, pero consiguió entrar en ella, aunque fuera por partes, como diría el bueno de Jack.

—Una observación muy original, sargento, sin duda tiene usted madera de escritor.  Bueno, entonces…—el inspector alzó la voz y les habló a los vegetales inquilinos de la estancia —¿Ninguno de vosotros va a contarme nada…?

Como obedeciendo un antiguo pacto de familia, los diez muebles de castaño macizo permanecieron impasibles y silenciosos.

 

 

 

 

 

 

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RELATO 3: VIAJE ASTRAL

                           VIAJE  ASTRAL

 

¿Habéis tenido alguna vez un sueño tan vívido que os hiciera dudar sobre si estabais soñando u os encontrabais despiertos?

A mí nunca me había ocurrido; de hecho, apenas si sueño, o eso me parece, porque casi nunca recuerdo nada al despertar.

Así había sido, en efecto, hasta la noche del Viernes Santo, hace hoy exactamente un mes.

Después de un largo y doloroso proceso de divorcio, y con los hijos ya emancipados, acostumbro a pasar largas temporadas en mi chalé de la sierra. En realidad, se trata de una lujosa cabaña construida con oscuras maderas de roble a la vera de un arroyo de montaña, y rodeada por un espeso bosque de gigantescos abetos y pinos. Una estrecha carretera secundaria que discurre a unos 300 metros de mi idílico refugio es el único signo de civilización en muchas millas a la redonda. El tráfico es tan escaso que muy bien podría pasar por una vía muerta. Sólo algún intrépido viajante o el típico turista despistado osan perturbar muy de tarde en tarde la profunda calma reinante en el lugar.

Esa noche me había acostado a las 12 en punto, agotado tras una jornada especialmente fatigosa, y enseguida me dormí profundamente.

En mi sueño me encuentro tumbado en la cama, sobre las mantas y con el pijama puesto. La luz de la Luna penetra a través de la ventana y proyecta un rectángulo doble sobre la pared opuesta.

De repente, siento la imperiosa necesidad de salir a respirar el aire de la noche.

Un momento después, me encuentro descendiendo los diez escalones de la escalera del porche. La madera cruje bajo mis pies desnudos. Por eso sé que estoy soñando. Nadie en su sano juicio sale a pasear descalzo por la noche.

Un repentino soplo de viento primaveral, inusualmente cálido, acaricia mi rostro y alborota mis cabellos.

Cruzo el puente sobre el arroyo y me adentro en el bosque a través de la pista forestal que arranca en la carretera, unos 300 metros más allá. La luz de la Luna llena hace brillar las aguas del riachuelo y derrama sombras sobre el camino.

Me desplazo a paso ligero, sintiendo bajo mis pies la tierra polvorienta y apelmazada. Avanzo entre dos informes y negros muros que, de cuando en cuando, se agitan inquietos o susurran estremecidos.

Desde una rama situada a escasos metros del suelo, un ave blanca alza alborotado vuelo y se aleja chillando entre la espesura.

Allá a lo lejos, bosque adentro, un par de lechuzas conversa animadamente.

Justo cuando alcanzo el primer recodo de la amplia senda, una liebre saltarina cruza a la carrera perseguida muy de cerca por un famélico zorro.

Unos metros más adelante, la pista forestal describía una amplia curva hacia la izquierda. A la derecha, a una veintena de metros, se abría un pequeño claro en el bosque.

Y en ese claro brillaba un potente foco de luz amarillenta.

En la siguiente escena onírica, me encuentro echado sobre un montículo de rocas cubiertas de musgo. Desde mi oportuna atalaya atisbo, asombrado, el insólito espectáculo que se desarrolla allí abajo, en medio del claro, a una decena de metros de mi ventajosa posición.

El foco de luz artificial que había captado mi atención procedía de los faros encendidos de un todoterreno largo y oscuro, posiblemente un Jeep Grand Cherokee. La intensidad lumínica que bañaba el inquietante escenario me mostró cada detalle con deslumbrante nitidez, como una escalofriante proyección en Super HD.

Además, el actor principal tuvo la deferencia de situarse en todo momento de cara hacia mí, el único espectador de aquel drama. Se trataba de un hombre alto y corpulento, prácticamente calvo y luciendo una descuidada barba de ermitaño. Vestía un mono azul con el anagrama de REPSOL, y calzaba unas robustas botas de montaña. Sus manazas, embutidas en unos recios guantes de trabajo, enarbolaban un descomunal pico con el que arremetía contra el suelo cubierto de hojarasca con encomiable ímpetu y absoluta concentración.

A continuación, cambió el pico por la pala, y en poco tiempo logró excavar una respetable fosa rectangular.

Luego, se dirigió a la parte trasera del todoterreno y regresó al momento cargando al hombro un voluminoso fardo envuelto en una lona verde.

Al arrojarlo sobre el suelo, se abrió el precario embalaje revelando su macabro contenido.

Se trataba del cadáver de un hombre joven y atlético, enfundado en una especie de maillot muy ajustado. La palidez marmórea de su cara no conseguía ocultar del todo la pétrea armonía de sus rasgos apolíneos.

Después de los pequeños sustos precedentes, yo me encontraba increíblemente tranquilo, como un espectador privilegiado asistiendo a una función desarrollada en su honor.

En un momento determinado, el enterrador nocturno miró en mi dirección. Me agaché instintivamente al tiempo que contenía la respiración.

Pero sólo fueron unas décimas de segundo. El tipo no perdió el tiempo.

Parecía encontrarse en muy buena forma física. Sin gran esfuerzo aparente, arrojó el cuerpo al interior de la fosa, la rellenó en un santiamén y colocó encima tres grandes piedras, sin duda como protección contra las ocasionales alimañas. En ese momento recordé el escuálido zorro de antes y me pregunté si, finalmente, habría conseguido dar caza a la liebre.

Finalizada la ingrata tarea, el calvo siniestro abrió el maletero del Grand Cherokee y extrajo un extraño artilugio metálico que en un primer momento no conseguí identificar. Lo dejó apoyado contra un árbol y entonces lo reconocí fácilmente.

Se trataba de una bici de carreras. Tenía el manillar retorcido, el faro roto y la rueda delantera doblada hacia atrás. El hombre la contempló pensativo durante un largo rato, como sopesando qué hacer con ella, y al final volvió a introducirla dentro del vehículo.

Aquí hay otro salto en mi sueño, un largo intervalo de desconexión. Cuando regresa la señal me encuentro cruzando el puente de regreso a casa. La Luna llena, rebosante en el cénit, se contempla orgullosa en un remanso del arroyo. La pareja de lechuzas sigue conversando en la distancia. Aúlla un lobo hacia las montañas del norte.

Justo, en ese momento, coincidiendo con el solitario aullido lejano, el Grand Cherokee surge de improviso, como brotado de la tierra, a una veintena de metros, y se abalanza hacia mi posición.

El corazón se me sube a la garganta. Tengo el tiempo justo de arrojarme a las aguas del manantial.

Me despierto empapado en sudor y con las pulsaciones a tope.

Enciendo la luz, lo consigo al tercer intento, y miro a mi alrededor. Tras un largo rato de angustia e incertidumbre, compruebo, aliviado, que me hallo en mi habitación.

Me levanto y me contemplo en el espejo de cuerpo entero. Mi pijama está seco e impecable; ninguna mancha delatora, ningún desperfecto a la vista, sólo pequeñas arrugas.

Inspecciono mis pies.

Las plantas lucen cálidas e inmaculadas, tan tersas como la piel de un bebé.

Ahora sí, por fin me tranquilizo, casi por completo. No había sido más que una horrible pesadilla. Aunque, eso sí, la más real que hubiera tenido nunca, con muchísima diferencia…joder…anda que no.

Y seguramente hubiera olvidado con relativa facilidad la traumática experiencia, si en la mañana del domingo siguiente, mientras desayunaba leyendo el periódico, mis ojos no se hubieran topado con dos singulares noticias.

Ambas consiguieron atraer poderosamente mi atención. Tanto que, por un momento, se me erizó el vello de la nuca y me olvidé de respirar.

La primera aparecía en la página de SOCIEDAD. Un modesto titular anunciaba que un afamado catedrático de Arqueología pronunciaría esa misma tarde una conferencia en el Aula Magna de la Universidad. El tema de su discurso versaría sobre las conexiones genéticas, recientemente descubiertas, entre el Homo Sapiens y el Neanderthal. 

Sin duda, se trataba de un tema apasionante. Pero no fue eso lo que captó mi interés y logró sobresaltarme en grado extremo.

La escueta reseña informativa se ilustraba con la foto del protagonista del evento, según rezaba el pie de la misma.

Ahora había cambiado el mono de faena por un traje oscuro y una corbata a juego, y se había recortado la barba de ermitaño.

Pero era él, sin ninguna duda. Aquella calva y aquellos ojos habían quedado grabados a fuego en mi memoria. Sería capaz de reconocerlos entre un millón.

Había encontrado a mi sepulturero noctámbulo.

Unas páginas más adelante, en la sección de SUCESOS, localicé la segunda pieza del insólito puzle.

La noticia a toda página hablaba de la desaparición de un conocido ciclista del que no se sabía nada desde hacía unos dos días. Al parecer, según su familia, el famoso deportista, por lo visto una celebridad local, salió a entrenar por los alrededores, tal y como acostumbraba a hacer todas las tardes.

El Viernes Santo, a eso de las cinco, su hermana lo despidió en el portal. Desde entonces, nadie había vuelto a verlo, ni vivo ni muerto.

 También traía la correspondiente foto de rigor.

La hermosa cabeza, de líneas casi perfectas y coronada por una tupida cabellera azabache, muy bien podía haber servido de modelo para la obra de algún escultor clásico. La franca sonrisa, llena de vida, contrastaba brutalmente con el rostro velado por la lividez mortal que yo tan bien recordaba.

Aun así, la similitud de rasgos era incuestionable. Además, el recuerdo del maillot que lucía el cuerpo del infortunado atleta, junto con la maltratada bici, barrió cualquier atisbo de duda.

Sin mayor demora, decidí visitar el escenario del delito.

Mientras me aproximaba, ahora vestido como Dios manda y conduciendo mi fiel Range Rover, aún albergaba la esperanza de que mi sueño sólo hubiera sido eso, un sueño, y las noticias una sorprendente coincidencia, nada más.

Al llegar a la curva, aparqué entre la maleza y me interné en el bosque. Trepé hasta la atalaya e inspeccioné el claro entre los árboles.

En el centro veíase la tierra removida, y sobre ella tres voluminosos pedruscos. Descendí para estudiarlo más de cerca. Alrededor de la improvisada tumba descubrí abundantes huellas de botas de montaña y los enormes surcos dejados por las ruedas de un todoterreno.

Esa misma tarde, puse por escrito todos los recuerdos, sin mencionar, claro está, las peculiares circunstancias concurrentes. En mi relato yo estaba despierto, bien despierto, y había decidido salir a pasear para despejar la cabeza.

Lo releí, corregí un par de cosas, puse la fecha, lo firmé y, sin más dilación, lo llevé a la policía.

Al día siguiente, los acompañé al lugar de los hechos, y allí desenterraron el cadáver en mi presencia.

De inmediato, el arqueólogo fue detenido e interrogado. Finalmente, se derrumbó y acabó confesando. Mi minuciosa descripción y el hallazgo de la destrozada bici en su garaje, amén de una sospechosa abolladura en el Grand Cherokee, dejaron el caso visto para sentencia.

Aunque él sostuvo en todo momento que el atropello fue accidental, se descubrió que tenía poderosos motivos para sentir hacia la víctima una profunda animadversión. Al parecer, y según se demostró en el juicio, el célebre deportista y la mujer del arqueólogo eran amantes desde hacía tiempo.

Fue juzgado, pues, por homicidio voluntario con agravantes, y condenado a 20 años de prisión.

En la reconstrucción de los hechos, el fiscal lo describió como un individuo despiadado y vengativo al que el azar brindó una oportunidad única para cometer el crimen perfecto. Desde luego, las circunstancias eran las más idóneas: un lugar retirado, una carretera solitaria, sin testigos…

Evidentemente, no podía contar con que un factor desconocido de tan extraordinaria naturaleza arruinara su improvisado plan.

Podrán hacerse todas las interpretaciones posibles y desarrollarse todas las conjeturas imaginables, pero hay un hecho absolutamente cierto y totalmente irrebatible. Esa noche, durante unas horas, de alguna forma, yo estuve en dos sitios a la vez.

Hoy me encontré casualmente con un amigo de la infancia al que no veía desde hace unos cuarenta años. El hombre es muy aficionado a las historias sobrenaturales, de ésas que aparecen en el programa de Iker Jiménez. Escuchó mi relato con gran atención, pero con la suficiencia del experto que ya ha oído otros similares. Mientras yo hablaba, asentía de vez en cuando y sonreía con arrogante condescendencia.

Cuando terminé, consultó su reloj y comentó que tenía que marcharse a coger un tren. Antes de irse, sacó una tarjeta del bolsillo, escribió algo y me la entregó.

Después, se largó sin más ceremonias. Mi amigo siempre ha tenido cierta fama de excéntrico.

Miré el papel que me había dado. Contenía sólo tres palabras.

                      VIAJE ASTRAL ---WIKIPEDIA

¿¿Viaje astral??... Suena a excursión interplanetaria. Esta noche, sin falta, miraré a ver qué demonios es eso.

                                               

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RELATO 4: SU LADO OSCURO

SU LADO OSCURO

 

No conseguía concentrarse en la lectura. La cabeza volvía a dolerle de nuevo. Malditas migrañas. Últimamente lo atormentaban a diario. El hombre suspiró resignadamente. Cerró el libro, se quitó las gafas y se restregó los ojos. Luego, se tapó uno y otro alternativamente, mientras se acercaba y se alejaba, tratando de leer en el panel de corcho. Al cabo de unos segundos, cesó en su maniobra y se sentó, meneando la cabeza con pesadumbre.

Se estrujó las sienes. Ya no le cabía duda, seguía perdiendo visión en ambos ojos. La última y reciente graduación ya no servía. Tendría que acudir de nuevo al especialista.

Andrew se levantó y miró la noche a través de la ventana abierta. La Luna llena remontaba un horizonte de lomas lejanas. El hombre la encontró extraña. La enfocó con los prismáticos. Se confirmó su primera impresión. La Luna estaba rara aquella noche. El imaginario rostro sonriente presentaba unos rasgos desconocidos. Las familiares manchas parecían haber mutado en cuanto a tamaño y disposición sobre la brillante superficie.

Intrigado, movió la cabeza. Volvió a mirar. Los cambios en el astro seguían allí. Su desconcierto se transformó en temor. A lo mejor, discurrió Andrew, el problema estaba en su cerebro, no en sus ojos. Ver mal era una cosa; contemplar algo que no existía, otra muy distinta. Ayer mismo le habían dado el alta, pero es posible que aún no se encontrara en condiciones de volver a trabajar.

Llamó a su madre para que acudiera a mirar la Luna llena. La buena señora creyó que su hijo le estaba tomando el pelo. Ella la encontró igual que siempre, en absoluto apreció nada raro ni fuera de lugar. Riñó con severidad a Andrew, indicándole que tenía mucho trabajo como para andar perdiendo el tiempo con sus tonterías. Después se marchó resoplando y haciendo grandes aspavientos.

Andrew salió a pasear, a ver si el aire fresco de la noche aliviaba su jaqueca y despejaba su mente. Recién divorciado, vivía con su madre, viuda desde hacía una década, en una zona residencial de modestos chalés, separados por altos setos, cada uno con su porción de césped reglamentario y algún árbol que otro.

La noche era apacible. Soplaba una brisa cálida que apenas conseguía estremecer las hojas de los pinos y robles. La mayoría de sus vecinos se encontraba en los patios y las terrazas, o asomados a las ventanas. La Luna llena proyectaba sombras negras allí donde no alcanzaba el resplandor anaranjado de las farolas.

Hans, el empleado de la gasolinera, arrimaba una escalera de mano contra el tronco de un pino piñonero tratando de rescatar a su gato siamés encaramado en lo alto. Andrew lo saludó y el muchacho le correspondió con una amplia sonrisa en su rostro pecoso. A continuación, señaló el cielo y le preguntó a Andrew si se había fijado en lo rara que había salido la Luna aquella noche.

Nuestro hombre contestó afirmativamente al tiempo que respiraba tremendamente aliviado. No sufría ninguna alucinación. Sus neuronas seguían carburando como siempre. Sintió el impulso de abrazar al chico. Éste también pareció alegrarse de que Andrew viera lo mismo que él. Con gesto perplejo y rascándose la cabeza, le comentó que su novia juraba y perjuraba que la Luna estaba como siempre y que él debería beber un poco menos.

A continuación, se despidió con cierta brusquedad y trepó con agilidad por la escalera.

Andrew continuó con su paseo.

Mattías, un fornido camionero con el pelo cortado al estilo marine, cortaba troncos de castaño blandiendo una enorme hacha de doble hoja. Al acercarse Andrew, se tomó un descanso en su labor y lo saludó con entusiasmo. El hombretón se secó el sudor de la frente y luego señaló hacia lo alto apuntando a la Luna con el mango del hacha. En su ancho rostro había una expresión de divertida sorpresa cuando afirmó que nuestro satélite parecía distinto esa noche. Él también se había dado cuenta. Su mujer, en cambio, no le veía nada raro, añadió entre risotadas el improvisado leñador, explicando cómo su cónyuge le había aconsejado muy seriamente acudir al oftalmólogo sin pérdida de tiempo. 

Andrew se apresuró a tranquilizarlo al respecto. Muy satisfecho, Hans reanudó su tarea, y nuestro protagonista continuó con su caminata nocturna.

El chalé situado al final de la calle era el mayor de todos. Asomada a una ventana del segundo piso había una mujer rubia de mediana edad con un bebé en brazos. Andrew la reconoció enseguida. Anna, la bibliotecaria, era una mujer muy popular en el barrio. En ese momento colmaba de mimos y carantoñas a un angelote de rizos dorados que no cesaba de palmotear con alborozo.

 Cuando la mujer reparó en la presencia de Andrew, lo llamó a gritos mientras señalaba hacia la Luna con su brazo extendido. El hombre le brindó una sonrisa cómplice y le reveló que él también lo había notado. Después, medio en broma, le habló de Hans y Mattías, los otros dos miembros del Club de los Visionarios.

Anna rio con ganas y le rogó que entrara en su casa y hablara con su marido, el cual acababa de mofarse de ella tildándola de medio loca, apostillando, además, en tono burlesco que como se enterara su hija de que sufría alucinaciones jamás volvería a dejarles al cuidado del nieto. Al igual que la novia de Hans, la mujer de Mattías y la madre de Andrew, el abuelo cincuentón tampoco había descubierto nada insólito en el rostro de Selene.

Andrew, no obstante, declinó la invitación y decidió que ya era hora de regresar a casa. Esa noche debía emprender un largo viaje. Consultó su reloj. Dentro de una hora y media escasa tenía que estar en el aeropuerto.

Volvió a alzar la vista hacia la Luna llena y la contempló durante un largo rato. Finalmente, pareció asentir varias veces y se puso a caminar a paso ligero.

Unas tres horas más tarde, el joven Andrew volaba a más de 30.000 pies de altitud.

El aparato surcó una masa de nubes a velocidad de crucero y continuó su apacible periplo. A través de la ventanilla del avión, el hombre veía aquella Luna de rostro singular que lo seguía como fiel compañera de viaje.

Algo, una imagen inquieta, se agitó en la mente de Andrew.

Hacía una semana, había estado leyendo una revista de Astronomía en la Biblioteca Municipal. La ilustración central, a doble página, mostraba dos fotografías de nuestro satélite, ambas de una extraordinaria nitidez.

El joven ahogó un grito. Miró al frente con ojos fijos y alucinados. Notó como se le erizaba el vello en la nuca. En su cerebro se hizo la luz. Una luz fría, blanca y cegadora.

Afuera, el viejo astro comenzó a susurrar su nombre.

Y justo en ese preciso instante, a varios cientos de kilómetros y casi simultáneamente, en el barrio residencial de Andrew estaban ocurriendo cosas.

Hans, el empleado de la gasolinera, al fin había conseguido rescatar a su gato siamés. Caminaba, rumbo al hogar, con el asustado felino en sus brazos, susurrándole palabras amables y acariciando su sedoso pelaje, cuando se detuvo repentinamente y levantó su rostro hacia la Luna. Con la cabeza ligeramente ladeada, pareció escuchar con gran atención durante un largo minuto. Finalmente, abatió la sumisa frente. En sus ojos brillaba una luz de fría determinación.

Se acercó al tendal, arrancó la cuerda y ahorcó al gato en el travesaño del columpio.

Unos cincuenta metros más allá, Mattías, el robusto camionero, dejó de cortar leña, penetró en la cocina como un autómata y enterró la hoja del hacha entre los omóplatos de su esposa.

Y al final de la calle, desde la ventana del segundo piso, Anna, la bibliotecaria, sostuvo a su nieto en alto, a más de diez metros de altura, como una sacerdotisa romana ofreciendo un sacrificio a la Diosa del Cielo. Con la mirada extraviada, recitó un conjuro en una lengua ya olvidada. Al terminar, lanzó un grito inhumano y arrojó el bebé al vacío.

Mientras tanto, en el Airbus de la compañía alemana el comandante del avión había abandonado momentáneamente la cabina del aparato y le había cedido los mandos al copiloto Lubich.

Unos minutos antes, recordando la lectura de la revista, Andrew Lubich lo había comprendido todo. Ahora sabía lo que él y los otros tres afortunados estaban contemplando.

Sí, sin duda, era eso. ¿Cómo demonios no se habían dado cuenta antes?

La cara oculta de la Luna… su rostro escondido… su lado oscuro… aquél que ningún humano contemplara jamás desde la Tierra.

Ellos formaban parte del Grupo de los Elegidos, los únicos mortales distinguidos con tan sublime privilegio.

En ese momento, el Airbus sobrevolaba los Alpes.

Andrew Lubich tiró hacia abajo de las palancas de mando. El avión comenzó a descender rápidamente.

Desde el otro lado de la puerta atrancada de la cabina le llegaron los gritos de los pasajeros, y las súplicas y amenazas del comandante mientras golpeaba la puerta con desesperación.

La colosal mole montañosa se aproximaba vertiginosamente.

Si la montaña no viene…el profeta acude a ella…vaya si acude…y a toda hostia…

Estableciendo una demencial asociación de ideas, Andrew Lubich se acordó de Mahoma… y las cien vírgenes esperando en el paraíso.

Aquel instante de suprema felicidad, lo resarcía sobradamente de todos los sinsabores y humillaciones padecidos a lo largo de su desventurada existencia.

Ebrio de dicha, gritó hasta enronquecer.

Andrew Lubich se sentía Dios, amo y señor de la vida y la muerte.

Al día siguiente, y durante muchas jornadas más, todo el mundo hablaría de él allí abajo.

                   

 

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RELATO 5 : EL ARTE Y LA VIDA

                    EL ARTE Y LA VIDA

 

Mi nombre es Saturnino García y soy un monstruo.
La libertad es una quimera. No somos más que marionetas desarrollando un delirante guion concebido por alguna mente maquiavélica.
Estaba escrito que un día me convertiría en un monstruo. Nada podía hacer para evitarlo. Y ese día ha llegado.
Todo comenzó en una jornada como hoy, sábado, hace cinco semanas. Hoy es el sexto sábado, en el sexto mes del año. Iban a ser siete, pero al final fueron seis. Y al séptimo descansó. No es éste mi caso. Dudo que pueda volver a descansar jamás.
Disculpadme…creo que estoy divagando…de un tiempo a esta parte, me ocurre con cierta frecuencia. Se me va la cabeza…me cuesta centrarme.
Retomo de nuevo el hilo de mi narración y, a partir de ahora, prometo no desviarme, al menos no demasiado, del cauce de mi historia.
Imagino que habréis oído hablar de una serie de divulgación cultural programada últimamente en la 2 de TVE.
El programa en cuestión se llama “Mirar un cuadro” y se ha venido emitiendo semanalmente los sábados por la tarde.
De siempre, he sido un apasionado de las obras de los grandes pintores, los clásicos de toda la vida, no las mamarrachadas modernas que perpetran ahora.
Pues, como os cuento, un sábado por la tarde, hace hoy exactamente cinco semanas, me topé por pura casualidad con el primer episodio de la serie.
 El Arte imita a la Vida. Pero, a veces, ocurre lo contrario. Entonces, es la Vida la que recrea el Arte.

El primer cuadro elegido fue “El Nacimiento de Venus” de Botticelli.
La realización era magnífica, y la comentarista realmente extraordinaria. Oyéndola describir el célebre lienzo, cualquier ciego de nacimiento podía imaginárselo casi a la perfección.
“La Diosa desnuda, de armoniosa silueta y un rostro perfecto de inocente belleza, enmarcado por una melena tan larga que le permite ocultar lo prohibido, arriba a la orilla navegando la mar turquesa sobre una descomunal concha de peregrino, empujada por el soplo de los dioses alados, entre una lluvia de florecillas. Enarbolando un florido manto, la ninfa Primavera acude rauda a cubrir el cuerpo de la deidad del Amor.”
La perfecta dicción de la presentadora y su voz cálida y arrulladora consiguieron captar mi atención desde el primer segundo. Fueron los mejores 30 minutos en mucho tiempo.
 

Después de cenar, me asomé al ventanal del salón. El crepúsculo de mayo teñía el cielo de rojo hacia las lejanas montañas del oeste. Una estrella, extraordinariamente brillante, destacaba por encima del resplandor celeste. Entonces, caí en la cuenta de que, en realidad, se trataba de un planeta. El lucero vespertino caminaba lentamente hacia el ocaso.
En unas pocas horas había contemplado el ficticio Nacimiento y la alegórica Muerte de Venus. El periplo vital de la Diosa Astral había sido efímero, pero muy intenso, y yo me sentí como un idólatra y afortunado mortal.


El sábado siguiente le tocó el turno a “Los Borrachos” de Velázquez.
A las siete en punto, la familiar imagen acaparó en su totalidad las 40 pulgadas del SONY extraplano.
La voz hechicera, que ya había comenzado a extrañar, dio comienzo al subyugante discurso.
“El Dios Baco, Dionisos para los griegos, protector de las Vides, unge a su rendido acólito, que se postra sumiso. Sus camaradas brindan, eufóricos, celebrando el venturoso acontecimiento. El Dios del Vino resplandece, pletórico de luz, atrayendo las miradas y oscureciendo el resto de las figuras, hábilmente dispuestas en una estudiada distribución espacial. “

Terminada la emisión, comenzaron a desfilar los títulos de crédito, y yo sentí la imperiosa necesidad de salir a tomar una copa.
De camino a la taberna, crucé una pequeña plaza con una fuente de hierro y varios bancos de madera. En uno de ellos había una media docena de jóvenes celebrando un botellón. El que parecía llevar la voz cantante se hallaba sentado, sin camisa, luciendo sin ningún pudor un torso pálido y rollizo. Arrodillado a sus pies, uno de sus colegas de juerga parecía rendirle pleitesía. El resto del festivo corrillo, empuñando grandes jarras de cristal llenas a rebosar, bebía y gritaba jaleando a los dos camaradas.
Un momento después, el tipo que estaba echado de bruces se levantó con desmañada torpeza exhibiendo con gesto triunfal, en su diestra, un reluciente billete de 20 euros que, sin duda, alguien había extraviado recientemente. El afortunado hallazgo fue celebrado con estruendoso júbilo por sus achispados amigos quienes, ni cortos ni perezosos, se pusieron a entonar el “Asturias, patria querida”.
La Vida imita al Arte, pensé mientras entraba en el bar; aunque, en este caso esa imitación era bastante burda, algo así como el tosco boceto de un borrador apresurado.


La didáctica sesión audiovisual de los sábados por la tarde terminó por convertirse en una placentera rutina.
El tercer capítulo estuvo consagrado, nunca mejor dicho, a “La Última Cena”, la archiconocida obra de Leonardo da Vinci.
En este caso, la sugerente voz amiga, a la que mi exacerbada imaginación ya le había asociado un rostro de sensual belleza, comenzó su hipnótica charla haciendo referencia a la fascinante vida del genial artista florentino, prototipo por excelencia del polifacético Hombre Renacentista.
“Leonardo era un apasionado de las Matemáticas, un orfebre minucioso y perfeccionista a la búsqueda incansable de la Medida Exacta, de la Proporción Armónica y Universal como símbolo del Orden Esencial de las cosas.
El cuadro de Cristo y sus Apóstoles refleja muy bien la atracción que da Vinci sentía hacia el fabuloso Universo de los Números. La obra constituye un prodigio de composición simétrica.
La figura de Cristo se recorta, majestuosa, enmarcada contra el gran ventanal del centro. A ambos lados, a la mesa, los Apóstoles aparecen dispuestos en grupos de tres, estableciendo una equidistancia casi perfecta respecto al poderoso eje vertebrador encarnado por el Divino Maestro.”


Esa noche, mi esposa y yo dejamos a los niños con una canguro de confianza y salimos a cenar con unos amigos.
Al llegar al restaurante descubrí que éramos trece a la mesa. La sorpresa fue sólo relativa. En cierto modo, ya me estaba empezando a acostumbrar. Aunque no soy demasiado supersticioso, disfruté poco de la comida. No dejé de mirar a mi alrededor, con cierta inquietud, temiendo que de un momento a otro apareciese un Judas traidor para hacerme la puñeta.


El cuarto sábado fue la vez de “Los girasoles” de Van Gogh.
En comparación con las anteriores, se trataba de una obra pictórica mucho más sencilla, al menos en apariencia, y sin mayor misterio estructural.
Mi comentarista favorita— ya lo era a estas alturas y con mucha diferencia sobre el resto— habló de “explosión cromática de cálidos amarillos, para el artista símbolo del sol y la felicidad” y también de “pinceladas vigorosas que distorsionan la realidad tratando de penetrar en el alma de las cosas, como fiel reflejo de la personalidad compleja y atormentada del célebre maestro postimpresionista”. La llamó “pintura sicológica” porque “interpreta la realidad según el estado de ánimo”, y remató con una alegoría metafórica que a mí me pareció particularmente acertada.
Argumentó aquella voz, cuajada de deliciosos matices, que “así como Fausto vendió su alma al diablo, Van Gogh partió la suya en varios trozos, como si fuera una pizza 4 estaciones, y los fue disponiendo, exhibiendo, crudamente expuestos, en cada uno de los cuadros que pintó, sin llegar a imaginar las cantidades astronómicas que un día se pagarían por ellos.”

Al día siguiente, domingo, a eso de media mañana, conducía mi fiel Range Rover por una solitaria carretera comarcal de los alrededores. Mi mujer se había marchado con los críos a visitar a sus padres, residentes en un apartado pueblo de las montañas. Como el lunes era festivo, tenía por delante un día y medio para disfrutarlo a mi antojo.
Marchaba yo, pues, forjando planes en mi cabeza mientras surcaba la apacible y casi desierta campiña. De repente, en una curva cerrada a la izquierda, me topé de frente con un gigantesco perro alsaciano, tranquilamente echado en mitad de la calzada.
Tengo el tiempo justo de pegar un volantazo y salirme de la estrecha vía, invadiendo una finca colindante.
Se trataba de un pequeño campo de girasoles.
Después averigüé que era la única plantación existente de la dichosa leguminosa en muchas millas a la redonda.

 Me hallaba en una parcela de reducidas dimensiones, poco mayor que un huerto, de tal forma que mi mastodonte mecánico la arrasó casi por completo, abatiendo sin piedad la formación marcial de vegetales falangistas, incansables adoradores del astro rey.
¿Insólita casualidad? ¿Simple, aunque inusual, coincidencia? Ni entro ni salgo. Me limito a exponer la cadena de hechos sin saltarme ningún eslabón. Juzgad vosotros mismos.

La semana se me hizo muy larga a la espera del sábado siguiente. En cierto modo, la serie se había convertido en una especie de droga, y yo en un adicto perdido. Traté de combatir el síndrome de abstinencia visionando de nuevo los episodios ya emitidos, que había tenido buen cuidado de grabar. Pero no sabía igual. En cierto sentido, era como tomar la cena recalentada. No tenía la frescura del original, carecía de la emoción del explorador hollando territorios vírgenes.
Así que lo dejé, a riesgo de sucumbir víctima de sobredosis. Recuerdo que de pequeño me gustaba con locura el chocolate. Un día me atiborré de pastelitos hasta el punto de terminar mareado y vomitando las entrañas. Tardé varios meses en volver a probarlo. No quería que con los cuadros me sucediera lo mismo. Eso sería una espantosa desdicha.
 

Al fin llegó el quinto sábado. El lienzo elegido en esta ocasión fue “La jirafa en llamas” de Salvador Dalí.
Si los anteriores eran genios, y alguno medio loco, el maestro de Figueres, abanderado del Surrealismo, no les iba a la zaga en absoluto.
La voz de mis desvelos retornó, pletórica de melodiosa sonoridad, como una vieja amiga a la que se empieza a echar mucho de menos. Presentó el cuadro como “una delirante estampa onírica en la que el excéntrico autor da rienda suelta a su prodigiosa y desbordante imaginación, sustentada en una técnica portentosa, y seguramente no exenta de algún tipo de estímulo externo, más o menos inconfesable”
Luego, tras describir brevemente los dos “esperpénticos y gigantescos especímenes, especialmente el que ocupa el primer plano, fantástico híbrido de humanoide y escritorio de oficina”, hizo especial hincapié en la “insólita figura situada al fondo a la izquierda, precisamente la que da título al cuadro”.
Aquí la voz en off en un tono marcadamente irónico se preguntó, de manera sutil, eso sí, “qué cantidad de opio, o similar sustancia,  habría de fumarse para que el cerebro alcanzara tal estado de ebriedad que fuera capaz de fabricar la alucinante imagen de una estilizada jirafa, recortándose contra el azul del cielo, en actitud de apacible bienestar, mientras todo su cuerpo está siendo devorado por un reguero de llamas que se extiende desde el rabo hasta las orejas.”

El domingo no ocurrió nada. El lunes, tampoco. El martes comencé a impacientarme.
El miércoles, a primeras horas de la mañana, los informativos de la TV regional abrieron con un suceso que había tenido lugar durante la madrugada pasada.
Un terrible incendio, de origen desconocido, había destruido casi por completo las instalaciones del gran Zoo Municipal, situado en un enclave boscoso a las afueras de la ciudad. Al parecer, y a falta de confirmar los datos, habían perecido abrasados la mayoría de los animales del recinto. El balance provisional de víctimas incluía tres tigres, dos panteras negras, un elefante, cuatro leones, un número indeterminado de aves exóticas, al menos una docena de monos, y una pareja de jóvenes jirafas, recién llegadas el sábado anterior.
Respiré aliviado al oír los últimos nombres de la larga lista. Por un momento temí que se hubiera roto la cadena de acontecimientos. No estaba rota. Los eslabones continuaban fuertemente enlazados.
Esa noche me acosté temprano y dormí como un lirón. La verdad es que tenía bastante sueño atrasado.

Como les informé al principio de mi recapitulación causal, estaban anunciados un total de siete programas que se emitirían en siete sábados consecutivos, a lo largo de los meses de mayo y junio. Pero hubo un cambio de última hora. Los programadores decidieron terminar una semana antes emitiendo dos capítulos seguidos. Los motivos de tan abrupta decisión nunca quedaron suficientemente claros. Parece que había prisa por finiquitar la serie, cuanto antes mejor.
Además, la adelantaron una hora. Así que, la última entrega de la serie de divulgación cultural “Mirar un cuadro” fue emitida a las seis de la tarde, del sexto día, del sexto mes.
No podía ser de otra manera. Sospecho que los programadores eran meros instrumentos ejecutores. Poco se puede hacer cuando una fuerza superior impone sus designios.
…Vaya…lo siento…ya vuelvo a divagar…pero no os impacientéis…en cualquier caso, mi historia se acerca a su fin…como se suele decir, ya está casi todo el pescado vendido…y la mercancía huele a podrido…

 

El programa final abrió con la pintura “El grito” de Edvard Münch.
La cosa comenzaba fuerte, como un funesto presagio de lo que vendría después…el segundo cuadro del día…el último de la serie…la traca final…
Mi idolatrada voz, —¿cómo iba a vivir sin ella a partir de ahora?—echó el resto, explayándose a gusto en el análisis de la icónica imagen, todo un símbolo universal del espanto.
Habló, o eso creí entender, del “infierno de la locura, el mayor tormento imaginable, que emerge, arrollador, como un bramido de horror infinito, convulsionando, distorsionando el cuerpo de la demente y todo el paisaje alrededor.
Grita el espectro, todo él boca abierta, poco más que un sinuoso manchón negro y unas manos imposibles aferrando la deformada cabeza. Grita el mar, grita el cielo y, casi, casi, hasta la tela y el marco del lienzo".

A continuación, casi sin transición, hizo su aparición el segundo cuadro, el último de la serie, y entonces fue mi cerebro, todo entero, el que comenzó a gritar, justo en ese preciso momento.

Si el maldito reloj de pared sigue marchando bien, ya va para cuatro horas que ha ocurrido…cuatro horas han transcurrido desde que la pantalla de mi SONY extraplano fue invadida, infectada, por la imagen del endemoniado lienzo…
…Cuatro horas ya, y continúo envuelto en sudor frío…y mis cabellos han encanecido de forma súbita…y mis ojos siguen extraviados, mirando sin ver…contemplando el infierno…y mi cerebro sigue gritando…y creo que ya no volverá a callarse en mucho tiempo…
…Y la casa sigue en completo silencio…todos los sonidos vienen de dentro…de mi cabeza. El último cuadro se zampó el ruido, lo engulló todo, hasta el murmullo del viento…
Ahora llega mi mujer. Es curioso…hace un momento, ya no recordaba que estuviera casado.
Aparca el coche fuera. Abre la puerta de la entrada. Se detiene, vacilando, con la mano en el picaporte, seguramente extrañada por la profunda calma que envuelve la casa.
Pronuncia mi nombre…una…dos…hasta tres veces…el tono se va elevando…peligrosamente, pienso…y su inquietud va in crescendo…
Yo no respondo…permanezco silencioso y muy, muy quieto…Quisiera desaparecer…mas, no puedo.
Comienza a subir las escaleras del desván. Se aproxima a mi refugio secreto. La muy zorra ha escuchado los gritos de mi cerebro.
Abre la puerta con cautela.
Se sobresalta al verme. Yo no digo nada. Me limito a mirarla en silencio.
—Satur, ¿qué demonios te pasa? ¿Estás tonto o qué? —hace grandes aspavientos—¿Es que no me has oído llamarte? ¿Dormías, acaso?
Niego lentamente con la cabeza.
—¿Y los niños? ...no los oigo… ¿Cómo no han salido a recibirme?... ¿Dónde están? ...
—En su habitación —respondo.
—¿En completo silencio? —se extraña—entonces, seguro que están haciendo alguna travesura de las suyas.
—¿Una travesura? —por alguna extraña razón lo encuentro gracioso —¿Una travesura? —repetí, y estallé en carcajadas.
Mi mujer me mira asombrada. Instintivamente se echa hacia atrás.
—¿Una travesura? —insistí, sin dejar de reír—no, no lo creo… pero, de todas formas, será mejor que vayas a mirar.
No era eso lo que quería decir, pero lo dije, de todos modos. Estábamos buenos. Mi cerebro no sólo gritaba, y a ratos reía, sino que también tomaba decisiones por su cuenta.
—Has estado bebiendo otra vez, ¿no? —mi mujer me apuñaló con el índice mientras echaba chispas por los ojos— no se te puede dejar solo.
A continuación, giró bruscamente y salió de estampida pegando un portazo.
Baja las escaleras y atraviesa el salón sin dejar de vocear los nombres de sus hijos. La escucho apresurarse a lo largo del pasillo y abrir la puerta de la habitación de los niños.
No por esperado resultó menos escalofriante. Creedme, uno nunca está preparado para una cosa así.
Cómo un tsunami invisible pero devastador, el grito de mi esposa llenó, arrasó, hasta el último rincón de la casa.
Imaginé su rostro en la distancia, mientras su berrido seguía y seguía… y toda la casa, todas las cosas gritaban con ella.
Belinda era todo boca, formando una O gigantesca, y ojos desorbitados, y manos deformes estrujándose las sienes…Y pronto, toda la ciudad…y el mundo…y el Universo entero…fueron una mueca de espanto y un grito de horror infinito…

Cómo les dije al principio, mi nombre es Saturnino y soy un monstruo.
Sigo aquí arriba, en el desván, mirando sin ver a lo lejos. Si en este preciso momento os encontrarais frente a mí, y me mirarais a los ojos, seguramente os parecería estar contemplando las ventanas sin cristales de una casa vacía y abandonada, con el tejado ruinoso, invadida por la hiedra y la maleza.
Permanezco muy quieto, sentado e inmóvil. En la mesa, delante de mí, tengo un ejemplar de la revista TP (Tele Programa), abierto por las páginas correspondientes al día en curso, sábado 14 de junio.

Pero no os quedéis ahí parados en la puerta. Pasad, pasad y acercaros, estáis en vuestra casa. Si os aproximáis lo suficiente, podéis leer por encima de mi hombro.
¿Lo veis ya? ...Ahí lo tenéis, en la franja horaria de la tarde:

  MIRAR UN CUADRO: HOY, SESIÓN DOBLE.
          18.00: “El grito”, de MUNCH.
          18.30: “Saturno devorando a sus hijos”, de GOYA.

 La Vida imita al Arte, pero a veces, sólo a veces, hay que ayudarle un poquito… ¿verdad que sí?...

 

 

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RELATO 6 : SPOT

              SPOT                                

 

La pantalla del televisor se fundió en azul marino y las grandes letras blancas, cual veleros fantasmales, se materializaron sobre ella.

                        

                          

 

SÉ LO QUE ESTÁS SINTIENDO

EN ESTE PRECISO MOMENTO…

 

Laura Valdemar, estudiante de quinto de Derecho, sonrió complacida. El gesto acentuó los hoyuelos de sus mejillas y también el brillo esmeralda de sus ojos. Un aleteo de emoción, apenas perceptible, estremeció sus labios. Divertida, meneó la cabeza haciendo ondear su negra melena.

Las letras blancas, cual extrañas gaviotas, levantaron el vuelo y se largaron. Otra bandada, menos numerosa, acudió presta a ocupar su lugar sobre el azul del mar.

                         

                             FALTAN DOS DÍAS…

 

Laura se encontraba profundamente intrigada. El insólito spot publicitario, si es que al final era eso, venía repitiéndose desde hacía cinco días. Aparecía sólo una vez al día, en varias cadenas a la vez y siempre a la misma hora. Las nueve en punto de la noche. Duraba unos 30 segundos y desaparecía sin hacer ruido, igual que había llegado, tan silencioso y fascinante como una puesta de sol sobre el horizonte marino.

Ninguna sintonía musical, ninguna voz humana, ningún sonido animal perturbaban la absoluta afonía del singular anuncio. El aparato enmudecía de repente, la pantalla se fundía en azul oscuro y hacían su aparición las grandes letras blancas. Emergían de las profundidades, flotaban durante unos segundos y se alejaban volando. Eso era todo.

Algunos telespectadores creían que sus receptores estaban fallando y presionaban repetidamente el botón del volumen, o cambiaban de canal; algunos, incluso, llegaban a apagar el televisor.

En la versión radiofónica una profunda voz varonil declamaba la primera frase, y una cálida voz femenina recitaba la segunda. Y, al principio, en medio y al final, tres fosas de silencio abisal que en la radio se hacían más prolongadas y resultaban más inquietantes.

 

                               SÉ LO QUE ESTÁS SINTIENDO

                               EN ESTE PRECISO MOMENTO…

 

Laura Valdemar coleccionaba alejandrinos, esos singulares versos compuestos por 14 sílabas, acentuados en la sexta y la decimotercera, y divididos en dos hemistiquios de 7 sílabas cada uno.

Éste, según la métrica tradicional, constaba de 16 sílabas. Se trataba, pues, de un alejandrino aparente o imperfecto. Esa cualidad fascinó aún más a la futura letrada. A sus ojos, ese exceso silábico aumentaba su valor al igual que ocurría con los sellos o las monedas antiguas, cuando una pequeña tacha los convertía en piezas únicas especialmente codiciadas por los coleccionistas.

Por lo demás, la frase como gancho publicitario era un diamante sabiamente tallado que brillaba con luz propia, como si albergara fuego en su interior. Era un texto con garra, con chispa, capaz de generar expectativas, crear dudas, sembrar inquietudes, alimentar confusiones y esparcir sospechas. Podía ser tan real como fantástico, tan romántico, como aterrador.

Sea como fuere, lo cierto era que había cumplido con creces la función que se le suponía: actuar como reclamo, aguijoneando la natural curiosidad del público, potencial consumidor. En apenas cuatro días se había convertido en el anuncio más popular en mucho tiempo. Todo el mundo hablaba de él. En las tabernas, en las peluquerías, en los ascensores…y hasta en las tertulias de TV era el tema de conversación predilecto. Las redes sociales rebosaban a punto de reventar con la excepcional pesca lograda a base de cientos de fotomontajes y chistes, supuestamente graciosos, alusivos al más virulento brote vírico de los últimos tiempos.

Se lo conocía como “el anuncio marinero”, por los dos colores utilizados en él mismo.

Todos hacían conjeturas sobre su significado, aventurando cuál sería el producto anunciado. La lista de suposiciones tendía a infinito. Que si un coche, que si un viaje, que si un libro, película, reality o serie de TV, que si una novedosa máquina de la verdad, que si un revolucionario medicamento, que si un invento extraordinario…

Laura continuó reflexionando sobre el asunto durante la ducha, y la posterior y frugal cena a base de ensalada y yogur. La dieta mediterránea junto con la práctica habitual de deporte le permitían lucir una esbelta y envidiable figura, que, invariablemente, arrancaba más de una mirada de admiración, más o menos disimulada, entre sus compañeros de la facultad.

Indiferente ante los galantes requiebros, la protagonista de nuestra historia, con 24 años recién cumplidos, y después de dos desengaños amorosos, había decidido aparcar los asuntos sentimentales para volcarse por completo en los estudios. Ésa era la promesa que les había hecho a sus padres tras unos inicios de carrera titubeantes, y a fe que la estaba cumpliendo con creces. Este año había obtenido las mejores notas de su carrera y, al fin, había alcanzado la salida del largo y árido túnel de leyes, artículos y disposiciones adicionales.

Compartía piso con otras dos estudiantes de Bellas Artes. En el momento en que acontece nuestro relato, se encontraban las dos ausentes por razones que no vienen al caso. Tener el piso para ella sola le producía una grata sensación de libertad que, por alguna peregrina razón, la retrotraía a los fines de semana de su infancia, cuando campaba a sus anchas por la hacienda rural de los abuelos.

Mientras se ponía un ligero pijama de verano, Laura discurrió con melancólico pesar que era una pena no poder embotellar la dicha de la niñez para tomarse un buen trago en esos momentos en los que andamos bajos de ánimo. No era el caso, sin embargo. Hoy había realizado el último examen, con resultados excelentes, y pasado mañana finalizaban las clases. El miércoles tomaría el avión e iría a pasar unos días en casa de los abuelos. Regresaría el jueves de la siguiente semana para recoger las notas y asistir a la fiesta de graduación. El futuro inmediato de Laura Valdemar no podía, pues, presentarse más halagüeño.

Pensando en todo esto, se durmió al fin con una amplia sonrisa iluminando su bello rostro.

Esa noche soñó que circulaba por una carretera desierta surcando una interminable y desolada planicie. Las gigantescas letras blancas emergieron del lejano horizonte como una escuadrilla de aviones de guerra. Remontaron el firmamento, intensamente azul, y terminaron explotando sobre su cabeza en un apocalíptico despliegue de fuegos artificiales.

Laura despertó con el corazón acelerado. La apoteósica experiencia onírica continuaba muy viva en su cabeza. 

En su colección de alejandrinos se incluían varios de su propia cosecha. Esa mañana añadió otro más a la lista.

                    Arañas en la noche, tejen tus pesadillas

Al día siguiente, en el bar de la Facultad, Laura se encontraba ojeando el periódico del día cuando se topó de nuevo con el dichoso spot ocupando las dos páginas centrales.

 

                              SÉ LO QUE ESTÁS SINTIENDO

                               EN ESTE PRECISO MOMENTO…

 

                                        FALTA UN DÍA…

 

Grandes letras blancas sobre fondo azul marino.

El hallazgo, aunque nada inesperado, suscitó una animada tertulia entre los integrantes de la mesa, todos estudiantes de Quinto de Derecho, todos a punto de obtener el salvoconducto para entrar en el mundo laboral.

Mientras caminaba de regreso a casa a lo largo del paseo marítimo, Laura continuaba dándole vueltas al asunto. La frase de 16 sílabas había enraizado en su cerebro y crecía con extraordinaria rapidez.

…Sé lo que estás sintiendo…

La futura abogada Valdemar se encontró de pronto discurriendo, fantaseando, sobre hermanos gemelos separados al nacer y conectados telepáticamente a miles de km. de distancia. Había oído y leído sobre algunos casos documentados en los que, efectivamente, había tenido lugar algún tipo de tele-conexión sensorial con una sincronización perfecta, inexplicable a ojos de la ciencia.

…Sé lo que estás sintiendo…

 

A Laura le vino a la mente la famosa novela de George Orwell, “1984”, y el gigantesco ojo del Gran Hermano que todo lo vigila. Es posible, después de todo, que se tratara de algo de ese tipo: una máquina fantástica capaz de controlar no sólo tus movimientos sino también tus pensamientos y hasta tus sentimientos.

La joven consiguió unir ambas teorías alumbrando un nuevo e inédito ejemplar de alejandrino que, inmediatamente, pasó a engalanar su imaginaria vitrina poética.

Allí dónde te escondas, te encontrará mi sangre.

 

Y al fin llegó el día D.

Ese 25 de mayo amaneció luminoso y cálido, con toda la fuerza y el esplendor de la primavera adulta.

Desde las primeras horas de esa jornada, la gente aguardaba con expectación creciente la resolución del misterioso mensaje. A las nueve de la mañana había aparecido lo que se suponía sería el penúltimo anuncio de la serie.

 

                    SÉ LO QUE ESTÁS SINTIENDO

                    EN ESTE PRECISO MOMENTO…

 

                          FALTAN 12 HORAS…

 

A medida que se acercaban las 21 horas, la hora H, la tensión y el nerviosismo que ya venían caminando a buen ritmo acabaron por galopar desbocados.

Laura Valdemar no recordaba la última vez que se había encontrado en tal estado de impaciente ansiedad, ni tan siquiera en la peor época de exámenes. La frase publicitaria, o lo que demonios fuera, el alejandrino defectuoso, había terminado por convertirse en una placentera obsesión.

A la hora de la merienda llamó por teléfono a una amiga para comentar el caso. Tras los iniciales saludos de rigor, aquella le soltó de corrido el ya célebre verso.

Ante la relativa sorpresa de Laura, pues sí que había triunfado el críptico spot de marras, su interlocutora le explicó, divertida, que lo tenía ahora mismo delante, en un cartel de unos 4x5 metros, situado justo enfrente de su casa.

En este caso, lógicamente, se limitaban a cambiar la fecha de la cuenta atrás.

Su amiga le aseguró que le resultaba casi imposible dejar de verlo, incluso cerrando los ojos, recalcó. Laura se apresuró a revelarle que ella también pensaba en el anuncio a todas horas y que, incluso, había llegado a soñar con él.

Después de despedirse, se acercó a la ventana. La tarde rebosaba una vitalidad deslumbrante. Laura, trasmutada en Diana Cazadora, tornó a armar la trampa con mano diestra, y otro verso, complaciente, se dejó atrapar sin resistencia.

                   Crisálida latente, eclosiona la Tierra.

El cielo lucía un azul intenso, un azul que le recordaba mucho…

En ese preciso momento, una avioneta surgió tras el enjambre de edificios y sobrevoló su posición. Tras ella, flameando al viento, arrastraba una enorme banda azul marino portando una larga leyenda blanca.

“No puede ser”, pensó Laura; pero lo era, vaya que sí.

 

                    SÉ LO QUE ESTÁS SINTIENDO

                    EN ESTE PRECISO MOMENTO…

 

                          FALTAN 3 HORAS…

 

Por tierra, mar y aire, atacan por todos lados, no hay escapatoria, se alarmó una estupefacta Laura. Desde luego, reflexionó la chica, el tipo o la empresa que esté detrás de todo esto no ha reparado en gastos. Menudo despliegue de medios se ha, se han, marcado. Toda esta parafernalia mediática tiene que costar una pasta. Muy bueno tiene que ser el producto anunciado, si es que de verdad hay alguno, para amortizar el gasto y, sobre todo, para no defraudar las colosales expectativas creadas.

¿Y si al final no fuera más que una gigantesca broma, qué? —Laura se interrogó a sí misma. No tardó en hallar la respuesta: sería, con toda seguridad, la broma más cara del mundo.

Tres horas, ha dicho que faltaban tres horas. Laura consultó el reloj y respingó palmeándose la frente. Con el dichoso spot de marras se le había pasado el tiempo sin darse cuenta. Su vuelo hacia tierras andaluzas partía en apenas tres horas y media, y aún tenía la maleta por hacer. Menos mal que ella, al igual que el gran Machado, solía andar ligera de equipaje.

“Cómo los hijos de la mar”—recitó mentalmente. Y al rato surgió la inevitable asociación de ideas. El omnipresente fondo marino…acabaría por odiarlo. Laura rugió, sacudiendo la cabeza con fingido hartazgo, y se encaminó, rauda, a su habitación.

El vuelo Barcelona-Sevilla tenía fijada su hora de salida para las 21.45. A las 20.50, Laura se hallaba sentada en la cafetería del aeropuerto esperando a que le sirvieran un capuchino. Había llegado con suficiente antelación para pillar sitio cerca del televisor.

Faltaban 15 minutos para la Gran Revelación.

El gentío se arremolinaba alrededor de las dos gigantescas pantallas ubicadas en el amplio recinto.

A las nueve en punto, como los siete días precedentes, el plasma se fundió en azul oscuro y el inefable mensaje hizo una última aparición triunfal.

 

                              SÉ LO QUE ESTÁS SINTIENDO

                               EN ESTE PRECISO MOMENTO…

 

El alejandrino defectuoso, nieve recién caída bajo el sol del mediodía, comenzó a pulsar, acompasadamente, mientras transitaba por toda la gama del arcoíris, y se despidió, al fin, destellando fulgurante, como una supernova en sus últimos estertores.

En un instante sublime todo el mundo se olvidó de respirar. Laura, boquiabierta, miraba embobada, con la taza suspendida y el capuchino enfriando.

En la sala sólo se oía el suave zumbido del aire acondicionado y las llamadas lejanas de los altavoces.

La pantalla cambió a negro, la negación de la luz, y así permaneció durante unos interminables 20 segundos.

Cuando, quién más, quién menos, todos pensaban que había finalizado la función, comenzaron a aparecer pequeños grupos de letras doradas, del tamaño de las precedentes, cual lingotes de diseño surcando un mar de alquitrán.

 

                       SÉ LO QUE ESTÁS SINTIENDO

                       EN MI PECHO HAY UN HUECO

                       TÚ LLEVAS EN EL TUYO

                       EL CORAZÓN DE UN MUERTO

 

En la sala se oyeron exclamaciones de asombro, gritos ahogados, murmullos de admiración y bufidos de indignación, pero nadie apartó sus ojos de la pantalla.

Una vez que el cuarteto de oro estuvo al completo sobre el escenario, comenzó su apoteósica actuación.

El decorado cambió. El fúnebre azabache mutó en rojo sangre. Las letras comenzaron a latir con un ritmo pausado y poderoso, imitando la cadencia cardiaca de un atleta a la hora de la siesta.

Transcurrió un minuto, 45 pulsaciones exactas, y todo terminó.

Laura se tomó su café frío con los ojos cerrados. Aun así, seguía viendo la leyenda palpitante formada por 4 versos heptasílabos: dos alejandrinos perfectos. Su avezado ojo métrico los reconoció enseguida, dos piezas más para su colección.

En las jornadas siguientes, el misterioso anuncio continuó siendo el tema principal de conversación en los más variopintos ámbitos.

El anuncio marinero se convirtió en el anuncio fantasma, e incluso en el anuncio del fantasma en el especial de Cuarto Milenio realizado por Iker Jiménez.

Se habló de locura surrealista, y también de experimento sociológico y sicológico, dónde todos los ciudadanos serían conejillos de indias; unos lo tildaron de broma de muy mal gusto, otros hablaron de montaje descabellado…

Sé lo que estás sintiendo…

…intriga, asombro, incredulidad, pasmo, irritación, admiración, inquietud, desengaño, alarma, desasosiego, inseguridad, decepción, estupefacción, entusiasmo, frustración…

El repertorio de emociones llegó a ser más amplio y variado que el catálogo de una tienda de Los Chinos.

Aunque las hipótesis sobre el caso proliferaron más que una plaga de hongos locos, nunca se llegó a descubrir el cerebro que lo había planeado, ni la mano ejecutora, ni las causas de tan singular proceder. Hordas de avezados sabuesos rastrearon a fondo las escasas pistas con nulos resultados. Al final del hilo sólo encontraron un abismo, silencioso y vacío.

Al parecer, el spot había sido enviado a los distintos medios difusores a través de una cuenta de correo electrónico. Las astronómicas facturas se habían satisfecho religiosamente en un único ingreso mediante trasferencia bancaria. Ambas cuentas habían sido canceladas inmediatamente después sin dejar el más mínimo rastro de los titulares de las mismas.

Entre el aluvión de teorías elaboradas al respecto, cobró relativa fuerza durante algún tiempo la que hablaba de un supuesto multimillonario excéntrico cuyo hijo, muerto en plena juventud en un hipotético accidente, habría sido donante de órganos. Se trataría pues de un extraño homenaje a la memoria de su primogénito, así como al resto de personas que pudieran haberse encontrado en similares y dramáticas circunstancias.

Ahí quedó todo. Nadie fue capaz de concretar su identidad ni de aportar un solo dato que permitiera albergar alguna esperanza sobre la existencia de tan esperpéntico personaje.

Interpeladas al respecto, la Organización Nacional de Trasplantes y la Asociación Nacional de Donantes de Órganos se mostraron escandalizadas, y negaron tajantemente cualquier implicación en el asunto, calificándolo como un lamentable y frívolo espectáculo a costa de un tema extremadamente serio. Con la vida no se juega, sentenciaron, indignados, los respectivos portavoces.

Eso sí, luego, por lo bajo y en privado, reconocían a regañadientes que todo el rocambolesco episodio les había supuesto una inestimable publicidad.

Otra noticia, más trágica y repentina, compitió durante esos días con el anuncio fantasma, del fantasma, en los titulares de prensa y TV.

El avión de Iberia que cubría el vuelo de las 21.45 entre Barcelona y Sevilla se estrelló a la altura de la Sierra de Alcaraz. Como suele suceder en estos casos, no hubo supervivientes.

Según las grabaciones registradas en la Torre de Control en los momentos previos a la catástrofe, el comandante del aparato, un Boeing 767, sufrió un infarto casi fulminante. Por razones desconocidas, aunque se especula con un posible desmayo o una eventual ausencia de la cabina, el copiloto no logró hacerse con el control de la nave.

Durante muchas noches, los vigilantes de la torre continuaron oyendo los desesperados gritos de las azafatas y los pasajeros.

…Sé lo que estás sintiendo…

 

Mientras leía la infausta noticia, cómodamente instalada en uno de los bancos del parque, a la sombra de un roble varias veces centenario, Laura Valdemar no dejaba de pellizcarse para convencerse de que seguía en el mundo de los vivos.

Con todo el barullo que se montó en la cafetería, tras la Gran Revelación, se le había ido el santo al cielo mientras ella se quedaba en tierra.

Al final, el bendito spot le había salvado la vida.

…Sé lo que estás sintiendo…

Durante muchos minutos, tras enterarse del accidente, Laura había sido incapaz de sentir nada. Sólo atinó a llorar, mientras todo su cuerpo temblaba presa de incontrolable emoción.

…Sé lo que estás sintiendo…

Y como fantástico colofón a esta singular historia, hay que decir que nuestra joven y afortunada protagonista logró engrosar su ilustrada colección con un postrero espécimen de categoría.

            Mi guardián verdadero, un falso alejandrino.

 Y como diría el gran Lope de Vega…

…Contad si son catorce, y está hecho.

                                 

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RELATO 7: EL VAGABUNDO

                      EL VAGABUNDO

 

“—¡Mi reino por un caballo! ¡Mi reino por un caballo!”

Bruno Cifuentes, abogado de cierto renombre en la capital, recordó de pronto la célebre frase del drama shakesperiano mientras conducía por una solitaria carretera de La Mancha bajo un sol abrasador.

Ciertamente, él no necesitaba un caballo en ese momento, con el potente Range Rover se las apañaba perfectamente, pero sí que pagaría lo que fuera por unas gafas de sol.

—Abra bien los ojos y no parpadee—le había ordenado el oculista justo antes de depositar dos frías gotas en cada ojo.

Eso había sucedido un par de horas antes. Los rayos ardientes seguían castigándolo sin misericordia. Sus ojos lagrimeaban copiosamente. Por momentos, la larga recta reverberante difuminaba sus contornos convirtiéndose en un nebuloso y palpitante río de plomo.

Transitaba una zona absolutamente inhóspita, no se intuía rastro de vida en varias millas a la redonda.

—Mi reino por unas gafas—seguía implorando el abogado Cifuentes.

Y, de pronto, tras un acusado cambio de rasante, nuestro atribulado protagonista se encuentra un hombre con una mochila a la espalda, haciendo autostop.

El tipo, de edad indefinida, barbudo y desaliñado, vestía de manera desastrada y se tocaba con una gorra negra. Además, el singular vagabundo de carretera lucía unas flamantes Ray-Ban que contrastaban vivamente con su descuidado aspecto general.

—Hola, amigo, —el abogado trató de que su voz sonara campechana, aunque no lo logró del todo—¿Quiere que le lleve?

—¿A usted qué le parece? —replicó el vagabundo sin moverse— ¿o acaso cree que me dedico a practicar el mimo autoestopista?

—¿A dónde va? —Bruno decidió ignorar su actitud impertinente.

—A cualquier parte, dónde me lleve.

—Yo voy hasta Toledo, pero si quiere le dejo antes en cualquier sitio…

—No, Toledo está bien—sentenció, lacónico, el vagabundo, y acto seguido se montó en el vehículo.

—Esas gafas que lleva parecen buenas—el abogado señaló las Ray-Ban—Vengo del oculista y esta luz me está matando. ¿Usted puede arreglarse sin ellas?

—Claro, no hay problema—replicó el individuo, al tiempo que se las quitaba.

Sus ojos, oscuros como una nube de tormenta, lo escrutaron con inquietante fijeza.

—¿Cuánto quiere por ellas? —El abogado apartó la mirada.

—No están en venta—declaró el vagabundo—Son un recuerdo de familia.

—¿Me las presta, entonces? —Bruno señaló sus ojos, llorosos y enrojecidos—si no, me temo que no podré seguir conduciendo.

—De acuerdo—asintió el vagabundo, al tiempo que le entregaba las Ray-Ban—pero, con la condición de que me las devuelva, ¿eh?

—Claro, hombre, faltaría más…un millón de gracias.

Bruno se las puso, experimentando un alivio tan enorme y tal grado de repentino bienestar, que se vio en la necesidad de añadir:

—¡Uff!... Caramba, amigo…Me ha venido usted como caído del cielo, no sabe lo mal que lo estaba pasando.

A continuación, reanudó el viaje, ansioso por llegar a casa.

Después de unos largos cinco minutos de incómodo silencio, el abogado carraspeó sonoramente e interpeló a su impasible pasajero.

—Ya sé que va a cualquier parte, pero ¿de dónde viene?

—De ninguna aparte, amigo, de ninguna parte. Y, en cualquier caso, ¿qué más da? ...No hay punto de partida, no hay meta, sólo hay un camino sin principio ni fin. El camino es lo único real, lo único que importa—recalcó, apuñalando el salpicadero con su dedo índice.

—Vaya, ésa es una frase muy profunda—se admiró un sorprendido Bruno Cifuentes—Está usted hecho un auténtico filósofo.

Por toda respuesta, el supuesto discípulo de Sócrates estalló en una sonora y estridente carcajada, que murió sepultada por un violento acceso de tos.

—Filósofo, dice…—articuló, al fin, con el rostro ferozmente congestionado—ésta ha sido buena, amigo, apúntese un tanto.

Bruno Cifuentes conectó la radio. Una balada country emergió como un soplo de aire fresco entre el asfixiante bochorno del mediodía manchego. A ambos flancos del vehículo la planicie, desolada e interminable, continuaba desfilando veloz.

En ese momento, el abogado Cifuentes cayó en la cuenta de que aún no se habían presentado.

—Por cierto, mi nombre es Bruno Cifuentes y soy abogado…—tras una breve pausa valorativa y ante el silencio de su pasajero, continuó con cierto embarazo—si algún día precisa de mis servicios…

Ahí se calló, reparando en lo absurda que resultaba su preposición. El vagabundo confirmó su impresión con otra escandalosa risotada que sonó como si tuviera la garganta recubierta con papel de lija.

El letrado lo miró de reojo. Aquel tipo no parecía estar del todo en sus cabales. Inquieto, comenzó a escudriñar el horizonte buscando algún signo de civilización.

—¿Y usted? —interpeló con creciente irritación—¿Cómo se llama? Quisiera conocer el nombre del tipo que rescató mis pupilas del fuego.

—Llámeme Tom, si quiere—contestó el aludido, sin dejar de mirar al frente.

—¿No es ése su verdadero nombre? —

—Eso qué más da—su tono se volvió cortante, denotando un mal disimulado hastío—. Es un nombre tan bueno como cualquier otro, ¿no le parece?

Una luz de alarma comenzó a parpadear en el cerebro de Bruno. 

—Sí, supongo que sí—el abogado adoptó un aire conciliador, tratando de apaciguar la oscura impaciencia del otro—Tom…está bien…es un nombre…eeh…rotundo y sonoro…Tom…por supuesto…está muy bien…—Cifuentes se enredó en un balbuceo incoherente. Aquel tipo comenzaba a ponerlo realmente nervioso. Así que, respiró hondo y remató con decisión, buscando infundirse ánimos y espantar absurdos temores.

—Pues nada, amigo Tom, encantado de haberle conocido, hombre.

—Lo mismo digo, abogado, lo mismo digo—el vagabundo lo palmeó con fuerza en el hombro.

Cifuentes no se lo esperaba y a punto estuvo de perder el control del Range Rover.

La señal de alarma aumentó en frecuencia e intensidad. Cuando el supuesto Tom pronunció la palabra “abogado”, Cifuentes se acordó de Robert de Niro en “El cabo del miedo”.

—¿No tiene a nadie de su familia? —Bruno continuaba tanteando, tratando de penetrar la bruma de acero que envolvía a su extraño pasajero—hermanos, padres...

—Soy hijo único—proclamó Tom con un leve deje de orgullo—y mis padres fallecieron hace años en un accidente de tráfico.

Esto último lo dijo en un tono neutro, como el que anuncia que va a llover esa noche.

—Vaya, no sabe cuánto lo siento—se apresuró a exclamar Cifuentes—una experiencia terrible…

—Venga, abogado—Robert de Niro regresa a escena—no me sea hipócrita. Ahórrese su compasión de mierda. ¿Qué demonios va a sentir, si ni siquiera lo siento yo?...

—¿No tuvo pena por ellos? —el aludido trató de ignorar la dura reprimenda—No me lo creo.

—Lo que usted crea o deje de creer me la trae floja, amigo—Sus modales y su lenguaje se deterioraban por momentos—Pues no, no sentí pena, ¿sabe lo que sentí de verdad?...

Bruno Cifuentes se cuidó, muy mucho, de arriesgar una opinión.

—Libertad, amigo, libertad—gritó Tom, eufórico, alzando los brazos. El abogado se felicitó por haber callado—una abrumadora, casi dolorosa, sensación de libertad…

Increíblemente, comenzó a berrear la célebre canción de Nino Bravo, mientras parodiaba los gestos de un demente director de orquesta. 

A estas alturas, Bruno Cifuentes se encontraba más que arrepentido de haberlo recogido. Al final, las malditas gafas podían costarle muy caras.

Y cuando ya comenzaba a desesperar, divisó una estación de servicio a lo lejos, resaltando su oscuro perfil contra el azul lechoso del cielo.

Rápidamente, comenzó a elaborar un plan de sorpresivo abandono para conseguir librarse de aquella especie de psicópata ambulante. Por suerte para él, Tom pareció dispuesto a colaborar. Nada más divisar la gasolinera, comenzó a hacer gestos ostensibles exigiéndole a Bruno que parase porque se estaba meando encima.

El abogado Cifuentes aguardó a que el trotamundos entrara en los servicios. Con las prisas, se le caló el todoterreno, con lo cual perdió unos segundos preciosos. Al escuchar el rugido del motor, Tom salió de estampida tratando de abrocharse los pantalones.

Bruno lo vio a través del retrovisor, corriendo y gesticulando, mientras le lanzaba un nutrido rosario de improperios, algunos de muy grueso calibre. Finalmente, viendo la inutilidad de su empeño, Tom se detuvo y colocó las manos simulando unos anteojos mientras gritaba hasta enronquecer.

—¡Mis gafas, hijo de puta, devuélveme mis gafas!

En un primer momento, Bruno no entendió lo que decía. Cuando al fin captó la esencia del mensaje, el vagabundo y la gasolinera quedaban ya muy atrás. De cualquier forma, tampoco le hubiera hecho el menor caso: seguía necesitando las Ray-Ban, al menos hasta que llegara a Toledo.

A la mañana siguiente, ausentes su esposa y los niños, desayunaba plácidamente en la soledad de su chalé de la sierra. Mientras ojeaba la prensa del día, una noticia en la sección de “Sucesos” atrajo toda su atención. Bruno Cifuentes la leyó con el aliento contenido.

“Autoestopista atropellado, ingresa grave en el hospital”

La descripción de la víctima no dejaba lugar a dudas sobre su identidad.

El suceso había ocurrido sobre las nueve de la noche anterior, a unos 30 km. de la gasolinera dónde lo había dejado alrededor de las dos.

“—¡Mis gafas, hijo de puta, devuélveme mis gafas! —“

El rostro iracundo, el gesto rabioso, las manos ahuecadas alrededor de los ojos…Bruno Cifuentes se estremeció recordando la violenta escena.

 Sin pérdida de tiempo, contactó con el centro hospitalario. Se presentó como un familiar lejano.

Tom permanecía en la UCI con un grave traumatismo craneoencefálico. Se hallaba en un estado de semiinconsciencia, del que despertaba para gritar de cuando en cuando.

—¿Qué es lo que grita? —quiso saber Bruno, aunque ya se lo temía.

—Bueno, es extraño—la doctora titubeó brevemente—repite siempre la misma frase: “Mis gafas, ladrón, devuélveme mis gafas…” Seguramente las perdió en el accidente…

—Sí, eso debe ser. —se apresuró a declarar Bruno, antes de colgar.

Las gafas… ¿dónde demonios había puesto las dichosas gafas? …Ah, sí… sobre la mesita de noche. Mañana, sin falta, iría a llevárselas.

Esa noche salió a cenar con unos amigos y regresó ya bien entrada la madrugada. Escuchó los mensajes del contestador. Había cuatro. Los tres primeros eran de la familia.

El cuarto era de Tom.

Su voz colérica se oía alta y clara.

—¡Mis gafas, cabrón de mierda, devuélveme mis gafas! Las necesito. Ahora. Si no me las traes, iré yo mismo a buscarlas.

El vagabundo había hablado con rapidez telegráfica, como si dispusiera de poco tiempo, y había terminado de forma abrupta, como si alguien, o algo, hubiera interrumpido la comunicación.

Volvió a escucharlo.

Curiosamente, no se percibía ningún ruido de fondo.

Miró la hora. El mensaje había sido enviado a las 12.45, hacía una hora escasa. No había quedado grabado ningún número.

Sufrió un violento sobresalto. El tipo debía haberse largado del hospital, aunque… en su estado…no lograba entender cómo…

Definitivamente, allí había algo raro, algo que se le escapaba. Llamó de nuevo al hospital y les explicó el caso.

—¿Y dice usted que es familiar suyo? —Bruno percibió un cierto matiz de extrañeza en la voz de la mujer, y se apresuró a confirmar el imaginario parentesco.

—¿Y no le han avisado, señor? —el tono denotaba ya una franca incredulidad.

—¿Avisado de qué? —Bruno sintió que su corazón daba un vuelco—¿Qué ha pasado?... Es que me acaba de llamar hace una hora, y me preguntaba...

—¿Hace una hora?... Eso es imposible, señor. Debe tratarse de un error. Su pariente falleció hoy, poco después del mediodía. Lo recuerdo perfectamente porque murió profiriendo alaridos acerca de unas gafas que le habían robado o algo así…

La chica continuó informándole de que el cuerpo se encontraba en el tanatorio, y quiso saber si él iba a hacerse cargo del entierro.

Pero, Bruno ya no la escuchaba. Todos los sonidos del mundo se apagaron. Sólo quedó una voz:

“—Mis gafas, hijo de puta, devuélveme mis gafas…Si no me las traes, iré a buscarlas…Abogado…Abogado… ¿Estás ahí, abogado…?”

Y justo en ese preciso instante, comenzó a sonar el timbre de la puerta del chalé. Quienquiera que fuese, a esas horas, parecía encontrarse en un estado de furiosa impaciencia…

 

                                                  

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Nombre: Marta

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Uf..si abre la puerta y resulta que es el muerto,menudo momentazo

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RELATO 8 : PESADILLA

PESADILLA

 

Tras unos segundos de indecisión, el funcionario Guillermo Alcázar pulsó el timbre de la puerta. Una discreta placa de metal, letras negras sobre fondo dorado, anunciaba a su ilustre morador:

Santiago Robles Sánchez, Doctor en Psiquiatría.

Éste, en persona, no tardó en franquearle la entrada invitándole a tomar asiento.

Alcázar se sintió algo cohibido ante la imponente presencia del afamado psiquiatra, sin duda uno de los más renombrados de toda la provincia. Santiago Robles se acomodó a su vez frente a su visitante y lo evaluó brevemente, escrutándolo por encima de sus gafas de gruesa montura. Alcázar, consciente de la atenta observación a que estaba siendo sometido, respiró hondo para calmar los nervios y aguardó impaciente.

—Y bien, señor Alcázar—Robles lo interpeló al fin—¿Quiere explicarme cuál es su problema?

—Enseguida doctor, pero antes…—Alcázar titubeó brevemente, dudando como abordar el asunto—Dígame, usted es especialista en la interpretación de los sueños, ¿verdad?...

—Ah, así que se trata de eso—Robles se quitó las gafas y procedió a limpiarlas—Pues sí, en efecto, está usted muy bien informado.

—Hasta ha publicado un libro y todo, ¿no? —insistió un animado Guillermo.

—En realidad, el tema vengo abordándolo desde hace años, —repuso el psiquiatra como quitándole importancia—pero usted debe referirse a mi último libro publicado, el cual, para mi sorpresa, ha resultado un notable éxito de ventas.

—“Descifrando tus pesadillas”—declamó Alcázar con fingida teatralidad—Un título muy apropiado y con gancho. Sí, lo he leído.

—¿Y qué le ha parecido?

—Pues…—el funcionario Guillermo se esforzó por encontrar las palabras justas—… yo diría que fascinante, curioso…y, para mí, perfectamente inútil.

—Ya, ¿no encontró su pesadilla?

—Nada, ni tan siquiera alguna que se le pareciera. En caso contrario, no estaría aquí, ¿no cree?

—Está bien, señor Alcázar,—Robles conectó la grabadora—pues adelante, cuénteme su mal sueño y le prometo incluirlo el primero en el próximo libro.

 —Allá voy—Alcázar vaciló, escogiendo con cuidado las palabras—Mi pesadilla comenzó hace cuatro días y, con escasas variaciones, se ha venido repitiendo durante las últimas cuatro noches. Nunca había soñado algo parecido; de hecho, normalmente no suelo soñar, o, al menos, no lo recuerdo al despertar.

—Una pesadilla recurrente, —sentenció Robles—ansioso estoy por escucharla. A ver si es capaz de contármela de forma ordenada en el tiempo y con el mayor número de detalles posible. Eso nos ayudará mucho a la hora de tratar de interpretarla.

—De acuerdo, doctor, haré lo que pueda. —asintió Guillermo Alcázar—No creo que me sea muy difícil. La recuerdo mejor que si me hubiera ocurrido realmente.

“Verá, el asunto comienza siempre de la misma forma y sigue un guion similar en los cuatro casos con escasas variaciones. De repente, me hallo caminando por un parque en una ciudad desconocida a plena luz del día. Me encuentro con gente, no mucha, rostros extraños que pasan de largo murmurando en una lengua extranjera.

A la salida del parque, y al otro lado de la carretera que discurre a su vera, debo atravesar un pequeño puente con barandilla de hierro construido con traviesas de madera, bajo el cual corre un singular riachuelo de aguas turbias y rojizas. A lo lejos, un horizonte de azuladas lomas se recorta contra un cielo palpitante del mismo color que el río.

No sé si “palpitante” es la palabra. Lo que quiero decir es que me parece que vibra con un ritmo pulsátil como si estuviera vivo. ¿Entiende lo que le digo?”

Robles asintió, alentándolo a continuar.

“Justo cuando comienzo a cruzar el paso de cebra que conduce al puente, ocurren dos cosas, casi al unísono. Alguien comienza a silbar una familiar melodía que suena como una marcha militar, mientras desde arriba una especie de voz en “off” me advierte de que este sueño me acarreará graves desgracias.”

—¿Una marcha militar, dice? —Robles carraspeó aclarándose la garganta—Alguien silba una marcha militar, y afirma que le resulta familiar. ¿Ya la había escuchado antes?

—Pues, sí—respondió Alcázar, algo molesto por la interrupción—Estoy seguro de haberla oído en algún sitio, pero cuando despierto apenas si consigo recordarla sino muy vagamente, y soy incapaz de identificarla.

—Y la voz en “off” le habla “desde arriba” ¿No podría precisar más? Lo mismo podría ser Dios que la avioneta de una campaña publicitaria…

—No, ni lo uno ni lo otro, —declaró Alcázar tras unos momentos de concienzuda reflexión—más bien, tengo la impresión de que es ese cielo tan raro el que me habla. Ya le expliqué que me parecía algo vivo.

—Ya… ¿Y qué es lo que le dice, exactamente?

—Lo que le conté antes, que el sueño acabaría muy mal, una especie de premonición, o algo así…No, aguarde un momento, —Alcázar se palmeó la frente—ya me acuerdo.

El funcionario Guillermo impostó la voz, declamando con un tono grave y profundo:

—“Este sueño te saldrá muy caro”

—Este sueño te saldrá muy caro—repitió lentamente Robles, como si masticara la frase resistiéndose a tragarla—¿Fueron ésas las palabras exactas?

—Hombre…exactas, exactas…no podría asegurarlo, pero, sin duda, deben acercarse bastante. —Alcázar se esforzó por recordar—Bueno, a lo mejor la voz dijo “costará” en vez de “saldrá” …sí…puede ser…pero el sentido general no cambia. Aquello tenía toda la pinta de que iba a terminar muy mal, y ya se sabe que quién avisa no es traidor.

—Veamos…—recapituló Robles, entrelazando las manos bajo la barbilla—Usted se dispone a cruzar el paso de cebra para acceder al puente, cuando comienza a oír una familiar melodía militar, que no consigue identificar, y una especie de voz bíblica desciende de las alturas para advertirle de que le acechan peligros inminentes. Vamos,—Robles dio rienda suelta a su imaginación—como una advertencia tipo cajetilla de tabaco: “Las autoridades oníricas le advierten de que este sueño perjudicará gravemente su salud”.

—Sí, algo así, supongo. —admitió Alcázar con una media sonrisa—Pues no andaban muy erradas las autoridades ésas—remató con una mueca de fastidio.

—Siga, siga, se lo ruego. —apremió Robles—No me tenga en ascuas. Su pesadilla comienza a ponerse interesante.

El funcionario Guillermo no se hizo de rogar. Contar su sueño le provocaba una catarsis emocional, una especie de exorcismo liberador, como el que airea secretos vergonzosos para evitar que se pudran y comiencen a oler mal.

 "Al otro lado del puente se levanta un colegio o instituto. Hace un momento hubiera jurado que no estaba ahí, pero ya sabe cómo son los sueños, estas cosas suelen ocurrir.

Los niños se encuentran en el recreo. Arman un enorme bullicio. Sus gritos y risas resuenan como música de fondo, mientras alguien continúa silbando la marcha marcial y la voz de los cielos insiste en su inquietante advertencia.

Continúo atravesando el paso de cebra. Juraría que ya llevo haciéndolo mucho rato, demasiado a todas luces. Levanto la vista y compruebo que ha crecido de forma considerable. El puente se encuentra ahora bastante más lejos. Tengo la impresión de estar caminando sobre una cinta estática. Muevo los pies sin cesar, pero apenas consigo avanzar.

En ese momento comienza a sonar la sirena que anuncia el final del recreo de los escolares. Chilla y chilla sin cesar con un bramido estridente que va in crescendo. Con la cabeza a punto de estallar, parado en medio del paso de cebra, observo espantado como una especie de enorme limusina se aproxima velozmente por mi derecha.

En vano, trato de huir. Estoy completamente paralizado. La sirena continúa berreando incansable. Retumba la animosa marcha de los boy-scouts que ahora parece silbada por todo un batallón de soldados dotados de poderosos pulmones. Mientras tanto, la voz celestial clama desaforada con un nivel de decibelios propio de un anuncio del Apocalipsis.

La limusina sigue avanzando a toda pastilla. Se me antoja un monstruo antediluviano a punto de abalanzarse sobre una presa indefensa. Un monstruo de unos 15 metros de largo, cubierto de brillante piel azabache, con un aterrador y afilado morro, que se dispone a engullirme sin remisión.

Ahí me despierto, empapado en sudor y con el corazón galopando en mi pecho. Durante un buen rato aún continúo oyendo la sirena, la marcha silbada y la voz divina.”

—Sin duda, un sueño angustioso, —reconoció el afamado psiquiatra—complejo y con múltiples y evocadoras connotaciones. —añadió, al tiempo que se levantaba para consultar un grueso volumen de su amplia biblioteca.

—Muy intrigado y ciertamente preocupado, así me tiene este inquietante episodio—confesó Alcázar—Ya le digo, desde hace cuatro días no me lo saco de la cabeza; de noche, sufriéndolo; de día, dándole vueltas para encontrar alguna explicación.

—¿Y  dice usted que en líneas generales el sueño es siempre el mismo?

—Básicamente sí—respondió Guillermo—Hay una línea argumental que se repite invariablemente: el parque, el paso de cebra, el puente, la sirena, la marcha silbada, la voz de las alturas y la limusina del demonio son los actores fijos en este drama.

—¿Y los artistas invitados? —Robles encontró muy acertado el símil cinéfilo y decidió seguir el juego—los “guest start” de toda la vida, vaya…

—Algunos hay, aunque no muchos—admitió Alcázar—La segunda noche la dichosa sirena pertenecía a un coche de policía que cruzaba a toda velocidad la calle situada al otro lado del puente; en la tercera, era una ambulancia que se dirigía a un hospital próximo; y en la cuarta, se trataba de un camión de bomberos el que aullaba de camino a una columna de humo que se elevaba a lo lejos.

—¿Eso es todo? —inquirió Robles.

—¿Acaso le parece poco? —replicó Alcázar con un gesto de asombro.

—Ah, no, me parece mucho y muy sustancioso, además. — se apresuró a replicar Robles— Me refería a que si había podido olvidar algún detalle…

—Hombre, puede ser…—convino Alcázar—usted ya sabe que es muy difícil, casi imposible, recordar un sueño con absoluta fidelidad, como si fuera una película…Pero lo importante está ahí, seguro.

—Bueno, veamos—reflexionó Robles—así, a grandes rasgos, puedo decir que nos encontramos con elementos comunes que se pueden interpretar con cierta facilidad; sobre otros, se pueden aventurar conjeturas más o menos fundadas; finalmente, en un tercer grupo están aquellos episodios extraños y desconcertantes para los cuales, de momento, no encuentro explicación. Entre los primeros tenemos el puente con el paso de cebra y la limusina que lo atropella. Los dos primeros pueden simbolizar el complicado trayecto hacia una meta más o menos inalcanzable. Para conseguirla deberá superar ciertos obstáculos, más o menos insalvables.

En el sueño, la meta es la calle situada al otro lado del puente, y los obstáculos son el tráfico y el río. En la vida real pueden representar un montón de cosas: un proyecto a corto o largo plazo, alguna tarea pendiente, cierta obligación ineludible que se resiste a abordar, un crédito a punto de vencer…en fin, ya le digo, el abanico de posibilidades es amplio…

—Pero…—comenzó a decir Alcázar—la verdad es que hoy por hoy…

Aguarde—Robles lo cortó con un ademán impaciente—déjeme terminar, se lo ruego…La limusina simboliza el inexorable paso del tiempo que se le echa encima mientras usted se muestra incapaz de superar esos miedos, dudas o vacilaciones que lo paralizan, incapacitándolo para acometer esa empresa que por momentos se torna más titánica e inalcanzable, a medida que el camino hacia la ansiada meta se vuelve más fatigoso y las dificultades se agigantan.

Robles tomó un sorbo de agua. La boca se le había secado tras esta larga parrafada. Después remató.

—Vaya, eso o que le da pereza resolver los asuntos pendientes y prefiere no hacer hoy lo que puede dejar para mañana. Algo que, por otra parte, es un pecado de uso corriente en el que yo mismo caigo más a menudo de lo que me gustaría.

—Trabajo como funcionario municipal—repuso Alcázar—Cobro un sueldo decente que me permite vivir sin estrecheces, aunque tampoco da para mucho más. No tengo deudas pendientes y tampoco créditos o hipotecas de ningún tipo. En estos momentos, ninguna tarea importante me quita el sueño, y siempre he procurado llevar mis asuntos al día. No acostumbro a demorar mis obligaciones, ni las personales ni las profesionales. Mucho me temo que el perfil que se deduce de mi sueño no se corresponde mucho conmigo…a menos que…

—¿Sí?, hay algo ¿no? —lo alentó el psiquiatra.

—Bueno…—admitió el funcionario Guillermo con cierta desgana—me quedan aún diez años para jubilarme. Encuentro mi trabajo rutinario y monótono, con escasos alicientes, aparte el aspecto económico, claro. A veces, esa década que tengo por delante se me antoja una eternidad. Cómo si después de haber atravesado un desierto interminable, aún me quedara por escalar una altísima montaña antes de alcanzar la Tierra Prometida. A lo mejor, por ahí podríamos sacar algo, ¿no cree?...

—Podría ser, podría ser—se apresuró a aventurar el psiquiatra, ávido por encontrar realidades que confirmaran su argumentación simbólica.

—Pero, entonces… ¿la sirena y la voz de las alturas como encajan en esa explicación?

—Ahí están los elementos desconcertantes a los que me refería antes—Robles no pudo evitar una mueca de contrariedad—El sonido de la sirena podría ser una señal de alarma, el aviso de un peligro, real o imaginario, más o menos inminente. Es todo lo que se me ocurre de momento. La “voz divina” supone un elemento ciertamente original: una advertencia sobre los peligros implícitos del propio sueño, esto es, de sus probables y graves consecuencias para su integridad física y mental.

Una sombra pareció cruzar el rostro del psiquiatra. Robles arrugó el ceño adoptando una expresión de suma gravedad, mientras reflexionaba con profunda concentración.

—Suponiendo, claro está, que ése sea el sentido: una velada amenaza que se presenta como cierta e insoslayable. Por eso es tan importante que recuerde las palabras exactas. Un solo término equivocado puede trastocar el sentido del mensaje.

—“Este sueño te costará muy caro”—repitió Alcázar, tratando de convencerse a sí mismo. —Entiendo lo que quiere decir, y ahora ya no estoy tan seguro. Es decir, creo que eso era lo que la voz quería comunicar, pero no de que lo dijera exactamente con esas palabras…Y la marcha silbada… ¿Qué me dice de ella? ¿Significa algo especial?

—Dice que en el sueño le resulta conocida, pero luego, al despertar, apenas si retiene poco más que un vago recuerdo…Dígame—Robles se echó hacia delante—¿Dónde hizo usted la mili?

—En ningún sitio. Libré por asuntos familiares.

—Ah, vaya—Robles pareció francamente decepcionado—¿Algún campamento de verano? ¿Los boy-scouts, quizás? —aventuró esperanzado.

—Nada de nada—negó Alcázar con un ademán expresivo—todo lo que sé del folclore militar lo aprendí a través de la tele y el cine.

—Ya... pues entonces, irán por ahí los tiros—concedió Robles—alguna película o serie de TV que haya visto de niño o adolescente…Muy bien, amigo Guillermo, por hoy vamos a dejarlo aquí, si no le parece mal—Robles se levantó y se asomó al amplio ventanal—Revisaré a conciencia mis archivos y analizaré a fondo todos los elementos del caso. Usted, por su parte, concéntrese en esos dos puntos en particular: la frase que declama el cielo y el misterioso silbido militar. Lo espero aquí el lunes a la misma hora.

—De acuerdo, haré lo que pueda—Alcázar se sentía como el alumno poco aplicado al que acaban de poner deberes—pero no le prometo nada, a menos que lo vuelva a soñar o me ilumine el Espíritu Santo…

 

Esa misma noche, ya bien entrada la madrugada, Guillermo Alcázar conducía de regreso al hogar, tras una animada cena y posterior velada con los excompañeros del colegio. Solían celebrar dos al año, y para el funcionario municipal representaban algunas de las horas más memorables en el devenir de su vida árida y rutinaria.

La noche era oscura y tormentosa. Soplaba un viento racheado que arrojaba gruesas cortinas de agua al paso de su flamante Peugeot 2008, casi recién estrenado. Más allá del cono de luz de los faros, la visibilidad era prácticamente nula.

En esos momentos, transitaba una vía secundaria que atravesaba una zona boscosa. Alcázar miraba intranquilo las gruesas ramas de los pinos dobladas por el vendaval. La furia de la tempestad se acrecentaba por momentos. Era la primera vez que pasaba por allí. Siguiendo el consejo de un colega, había tomado aquel atajo, alejado de la autovía, para evitar un funesto encuentro con la patrulla de tráfico. Aunque no había bebido en exceso, prefería ir sobre seguro, antes que arriesgarse a una multa y unos cuantos puntos menos en el carné.

La soledad de la noche y la desatada hostilidad de los elementos comenzaban a hacer mella en su ánimo, ya bastante alterado tras las últimas experiencias oníricas.

Conectó la radio para relajarse.

A la salida del bosque, los faros del Peugeot iluminaron una familiar construcción cuya visión hizo que clavara los frenos de golpe.

Frente a él, y a una distancia de unos 50 metros, se levantaba un pequeño puente construido con traviesas de madera. Alcázar lo reconoció enseguida. Había encontrado el puente de su sueño.

En la radio, alguien comenzó a silbar una animada melodía que invitaba a desfilar.

Alcázar se pellizcó. No cabía duda. Ahora se encontraba bien despierto.

Hipnotizado, incapaz de reaccionar, no conseguía apartar la mirada del puentecillo. Mientras la tormenta continuaba arreciando, le pareció que sólo existían ellos dos en la inmensidad del Universo. Lo tenía hechizado, completamente fascinado. El resto de las cosas a su alrededor habían sido borradas del mapa por su presencia deslumbrante.

Y en ese preciso instante, desde un punto situado a su derecha, en medio de las impenetrables tinieblas, comenzó a escucharse el estridente ulular de una bocina aproximándose a su posición.

Guillermo Alcázar volvió a pellizcarse, más fuerte que antes. No contento con eso, extrajo una pequeña navaja y se cortó en el brazo.

La sensación de dolor agudo fue la espoleta que lo sacó de su marasmo, debilitando el hechizo. Alcázar comenzó a reaccionar.

En la radio volvía a sonar la melodía militar. Alcázar la reconoció al fin. Le parecía increíble no haberlo hecho antes. Comenzó a silbarla.

A través de los altavoces en estéreo una voz grave y profunda, bien modulada y rica en matices, proclamó una solemne sentencia que Guillermo reconoció al instante. No era más que una frase publicitaria que hablaba de los sueños, pero al atribulado funcionario le pareció una Verdad Absoluta. Ahí estaba la voz de las alturas.

La sirena-bocina, o lo que demonios fuera, bramaba ensordecedora. Unas luces lo deslumbraron por su derecha. Algo monstruoso, largo y oscuro, se aproximaba a un ritmo vertiginoso.

Alcázar puso primera y aceleró a tope. El Peugeot arrancó brincando como un ciervo. Un minuto más tarde, ya había superado el puente y volaba campo a través. Justo en el momento en que el fiel vehículo surcaba raudo las traviesas de madera, Guillermo miró a través del espejo retrovisor.

Sólo fueron escasos segundos, pero, aunque viviera cien años más nunca lograría olvidar la imagen del Talgo de cercanías cruzando, cual estela del infierno, el paso a nivel sin barreras dónde él había estado detenido hacía sólo un instante.

Condujo aún durante varios km. antes de detener el vehículo, impulsado por el miedo irracional a que el tren variara su rumbo para perseguirlo. Cuando se paró, finalmente, respiró hondo para calmar su desbocado corazón y salió del coche. El aire frío de la noche despejó su cabeza y serenó su ánimo.

Al llegar a casa, se tomó un fuerte somnífero. Esa noche no tuvo pesadillas. Durmió de un tirón hasta el mediodía.

Nada más levantarse, lo primero que hizo fue llamar al psiquiatra para cancelar la cita. Cortó en seco las protestas de un sorprendido Robles prometiéndole que ya se lo explicaría todo en su momento.

Desayunó en la cafetería de costumbre. Al terminar entregó un billete de 10 euros. En la tele pasaban en ese momento un anuncio de lotería. Alcázar lo consideró un guiño del destino, uno más.

—Séllame un boleto de la Primitiva—le pidió al barman.

Recogió el billete y se marchó a buen paso, silbando alegremente.

—Oye…— la voz del camarero lo detuvo en seco antes de llegar a la puerta. —Te sobran 3 euros.

—Quédatelos, hoy me siento generoso. —anunció Guillermo en tono festivo.

—Vaya, muchas gracias...Y, por cierto, eso que silbabas hace un momento salía en alguna película, ¿no? De guerra creo que era…

—En efecto. —confirmó Guillermo—“El puente sobre el río Kwai”, una gran película, de las que ya no se hacen.

Dicho lo cual, salió al encuentro de un esplendoroso día de primavera, y comenzó a surcar el paseo del muelle. Guillermo Alcázar marchaba a paso vivo, braceando y dando largas zancadas, los ánimos por las nubes y silbando a pleno pulmón.  

Y desde la pantalla extraplana SONY, de 50 pulgadas, una voz profunda, rica en matices y bien modulada, sentenciaba con tono solemne:

               —“NO TENEMOS SUEÑOS BARATOS”

                                     

                   

                           

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RELATO 9 : EL FARO DEL AHORCADO

EL FARO DEL AHORCADO

 

Finales del S. XIII d.C. (En los alrededores de Castropol, pueblo marinero, durante los albores de su fundación)

Aún no existe el faro en lo alto del acantilado. En su lugar se yergue un castaño de respetables dimensiones. Una infausta jornada de otoño, particularmente inclemente, el mar brama rabioso, azuzado por el violento nordeste. Las ráfagas de viento, cargadas de salitre, azotan sin piedad las fornidas ramas del árbol. La furia desatada de los elementos se confabula, así, con la impresionante estampa del inhóspito paraje forjando el escenario ideal para la tragedia.

En lo más crudo de la tormenta, un amante despechado se cita en el lugar con su amada infiel. Una vez allí, la arroja al suelo y, asiéndola por los largos y rubios cabellos, la arrastra hasta el borde del acantilado. Los berridos desesperados de la desgraciada muchacha rivalizan con los atronadores aullidos del temporal. Insensible a sus súplicas, sordo a sus ruegos de clemencia, el hombre arroja a la mujer por el precipicio. A continuación, extrae una soga, larga y flexible, y se ahorca en una de las ramas del castaño.

Su cuerpo permaneció allí durante largo tiempo, balanceándose al extremo de la cuerda. Nadie recuerda cuanto, exactamente; el suficiente, en cualquier caso, para dar nombre al lugar.

Un buen día, varios siglos más tarde, un rayo alcanzó al castaño y lo dejó malherido. Poco tiempo después, el árbol fue talado y en su lugar levantaron el faro. Los lugareños, sabedores de la leyenda, no tardaron en bautizarlo, y desde entonces es conocido como El Faro del Ahorcado.

 

(Hacia mediados de abril, durante el presente año, 2017)

Le había entregado los mejores años de su vida y ahora pretendía dejarlo abandonado como un perro, como si sólo fuera un trasto, viejo e inútil. Así le pagaba aquella zorra ingrata los servicios prestados a lo largo de casi una década. Siempre que lo había necesitado, ahí estaba él. No le había fallado nunca. Jamás la había dejado tirada. Es muy posible que no pueda decir lo mismo de todos ésos a los que llama amigos. Él fue el mejor, el más fiel, ése que siempre estuvo a su lado, en los buenos y en los malos momentos, sin apenas exigir nada a cambio.

Hace unos días, la sorprendió mirando a otros. Mirando, especialmente, a otro. Reconoció enseguida aquella mirada ilusionada, el mismo brillo de impaciente deseo que tenían sus ojos aquel lejano día en que se encontraron por primera vez. Igual que entonces, notó como a ella se le aceleraba el pulso al acercarse a su odiado rival, aquél que tenía todas las cartas para convertirse en su sustituto.

La infiel malnacida no lo sabía, pero esa tarde se había cavado su propia tumba. Esa mirada delatora, saboreando por anticipado una felicidad futura a la que él se sabía ajeno, supuso su sentencia, inapelable e irrevocable. Ahora, cuando lo miraba a él, sólo mostraba, en el mejor de los casos, indiferencia y hastío, cuando no un más que incipiente desprecio.

Los acontecimientos se precipitaron después de esa jornada fatídica.

Hoy por la mañana lo había echado de casa, de su casa, aquélla que había habitado durante diez dichosos años. Sin compasión ni miramientos, la miserable arpía lo expulsó de su preciado hogar y luego se dedicó a prepararlo, a acondicionarlo para recibir en él al maldito intruso. Pues sí, amigos, la pérfida bruja se dio mucha prisa, demasiada, en apartarlo de su vida. Ése fue su segundo gran error. El primero, por supuesto, había sido permitir que conociera a su enemigo. Pagaría cara, muy cara, su desvergüenza, su inaudita desfachatez.

El tercer error, a la postre el más determinante, fue regresar otra vez al Faro del Ahorcado. No era el momento más oportuno para visitar un sitio así. Aunque habían viajado por todo el país, y conocido los rincones más pintorescos y paradisíacos, aquél era, sin duda, el preferido de ambos. Allí, a la vera del mar embravecido, habían pasado alguno de sus mejores momentos. Sólo ellos dos, el viejo faro y el horizonte infinito.

Su último error, no hay tres sin cuatro, fue darle la espalda. Escogió el peor momento para ponerse a fotografiar las olas. Ahí estaba la zorra ingrata, al borde del precipicio, enteramente a su merced.

Su rugido de rabia la hizo volverse. Se quedó mirándolo con los ojos desorbitados. Petrificada por la infinita sorpresa ni siquiera atinó a gritar. Esa mueca de intenso terror fue la última expresión que animó su odiado rostro y a él lo resarció, en parte, de los agravios sufridos. Luego, ambos se despeñaron, desde más de 50 metros de altura, para ser engullidos por la furia del océano.

Los encontraron dos días después, con la marea baja, al pie del acantilado. Ambos estaban tan destrozados que costaba trabajo reconocerlos. A la mujer la identificaron por la pulsera de plata y una prótesis dental. A él, por el número del bastidor y las dos placas de la matrícula.                  

                9614CTH

 Una escueta reseña en la sección de sucesos del diario provincial ofició como epitafio y colofón de esta singular historia:

“Laura del Río, maestra de Primaria, fallece al despeñarse con su automóvil en un acantilado de Castropol, en el lugar conocido como Faro del Ahorcado.

Fue necesaria la intervención de los Bomberos para excarcelar su cuerpo, atrapado bajo el amasijo de hierros retorcidos. Nadie se explica las causas del extraño accidente que terminó con la vida de la joven profesora, muy conocida y apreciada en la villa marinera, en cuyo Centro Escolar venía impartiendo docencia desde hacía unos diez años.

La mujer vivía sola en un chalé, propiedad de sus padres, situado a la vera de la ría del Eo. Su marido había fallecido de un cáncer cinco años atrás, y no tenía hijos. Una hermana suya, de nombre Lucía, con la que había quedado para celebrar el cumpleaños de su sobrina, fue la que dio la voz de alarma, al no acudir Laura a la fiesta. Ella fue, además, la que, comentando con la prensa local el desgraciado suceso, informó al periodista de que su hermana difunta era una apasionada de los coches. Cuidaba y mimaba las máquinas como si fueran seres de carne y hueso. Este, en concreto, en el que, a la postre, había encontrado la muerte, se trataba de un Peugeot 308, adquirido en el año 2007, justo cuando se había incorporado al Colegio de Castropol. Se da la singular y trágica circunstancia de que Laura planeaba deshacerse del que había sido su compañero fiel de aventuras durante una larga década. Al parecer, tenía ya adquirido un flamante Range Rover que iba a recoger la semana próxima. Lamentablemente, nunca llegó a estrenarlo.

Visitaba a menudo el Faro del Ahorcado. Sentía predilección por ese paraje en particular. De haber podido escoger un lugar para morir, seguramente sería ése, terminó Lucía entre sollozos, junto al vehículo que la había llevado hasta allí en innumerables ocasiones. “

 

Una semana más tarde, Lucía, la hermana de la infortunada Laura, recogió el Range Rover, rojo sangre, del concesionario porque estaba segura de que su hermana así lo habría querido. A través de aquél que había sido el último deseo de Laura, despertando su ilusión y haciendo brillar de felicidad sus vivaces ojos negros, Lucía pensó que rendía tributo a la memoria de su añorada hermana, y, en cierto modo, avivaba su recuerdo como reconfortante compañía.

Esa misma tarde, condujo hasta el Faro del Ahorcado, y arrojó al mar las cenizas de Laura. Y, justo en ese momento, desde unos cincuenta metros más abajo, le llegó el ronroneo inconfundible de un motor de coche acompañado por el aullido ronco de una bocina.  Alarmada y atónita, Lucía se asomó al borde del acantilado y escudriñó la base del mismo.

Allí, bajo el vaivén interminable de las olas rugientes, acertó a distinguir los restos retorcidos del siniestrado Peugeot 308. Apenas si consiguió reconocer el perfil curvo de un neumático y la brillante placa de la matrícula.

El inquietante sonido se repitió de nuevo. Por un momento, bajo su timbre metálico e inanimado, Lucía creyó percibir unas imposibles notas que evocaban dolor y despedida. 

La sacudió un violento escalofrío. La urna de las cenizas a punto estuvo de caérsele de las manos y precipitarse al encuentro del vehículo. Con el vello erizado, escuchó atentamente. Nada. Sólo el aullido del viento y el batir infatigable de las olas. Lucía sacudió la cabeza. Sin duda, su imaginación, exacerbada por los penosos acontecimientos de los últimos días, le había jugado una mala pasada. Se enjugó las lágrimas que calentaban sus mejillas, miró el mar, levantó la vista al cielo y lanzó al vacío un sonoro beso. A continuación, montó en el Range Rover y puso rumbo a casa.

Tras ella, un guiño luminoso iluminó fugazmente el crepúsculo de aquella tarde de abril. Fue sólo un instante, tan breve como el aleteo de una mariposa. Luego, la luz de la torre vigía se apagó y en el lugar reinó una profunda calma, cómo si allí nunca hubiera ocurrido nada. A lo largo de más de un siglo de existencia, el Faro del Ahorcado se había ido acostumbrando a cobijar oscuros secretos. 

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RELATO 10 : EL ÚLTIMO VIAJE

 EL ÚLTIMO VIAJE

 

Pablo Castroviejo partió antes del alba, en una madrugada fría de rosas deshojadas y mariposas muertas.

La tarde del día anterior la había pasado en el porche, a la sombra del rosal emparrado, reposando plácidamente. Durante dos horas largas, Pablo Castroviejo había dormitado, leído, y organizado mentalmente el largo viaje del día siguiente, mientras una enorme mariposa violeta revoloteaba incansable entre las rosas y los setos recortados.

Finalmente, decidió entrar en casa cuando el sol fue engullido por un horizonte erizado de pinos y la temperatura comenzó a descender rápidamente. Allí dejó, aún, a la alada y grácil bailarina malva, ejecutando su interminable coreografía.

Esta mañana la había encontrado yaciendo, inmóvil, en el suelo de piedra, sobre un lecho de pétalos mustios entre lágrimas de rocío.

Lo sacudió un fugaz escalofrío. Pablo Castroviejo tuvo un mal presentimiento, como si algo, en alguna parte, hubiera comenzado a moverse para que las cosas no salieran del todo bien a lo largo de esa jornada.

Antes de subir al coche, contempló el pueblo a sus pies, amortajado por un sudario de niebla. Su mirada tenía algo de despedida. Le embargó una sensación de melancólica tristeza.

Retornó el escalofrío de antes. Sintió una punzada de angustia, tan breve como estremecedora. Ese fue el segundo presagio premonitorio. Le pareció escuchar el ruido de los engranajes, allá en la distancia, poniendo a funcionar alguna suerte de maquinaria funesta.

El tercer aviso, no hay dos sin tres, lo asaltó mientras se aproximaba a la cima del puerto, al contemplar los gigantescos molinos de viento recortándose contra el cielo.

Pablo Castroviejo experimentó una brutal sensación de pánico, paralizante e irracional.

Detuvo el coche y a punto estuvo de dar media vuelta y regresar al pueblo. Definitivamente, algo no iba bien. Finalmente, bajó la ventanilla para despejarse, respiró hondo, y haciendo un supremo esfuerzo decidió continuar su camino.

Y justo en ese momento, a unos cuántos kilómetros de allí, en plena campiña leonesa, un singular campesino se preparaba para comenzar la faena.

Parsimoniosamente, introdujo la piedra de afilar en el cuerno y se lo ciñó a la cintura. A continuación, arrojó la guadaña a la parte de atrás de una vieja camioneta, se subió al vehículo y arrancó, rumbo a los campos de trigo que se extendían al otro lado del Cerro Grande.

Una vez allí, se desvió por un camino de tierra, justo a la vera de una señal de curva peligrosa que se alzaba al final de una larga recta descendente.

Estacionó la camioneta al borde del mar dorado de cereal, apagó el motor, y oteó el horizonte que comenzaba a clarear hacia el Este. El campesino sonrió satisfecho. Aquella prometía ser una jornada provechosa.

Aguardó pacientemente hasta que vio aparecer la luz de los faros a lo lejos, en lo alto de la loma. El automóvil comenzó a descender el puerto a gran velocidad.

La sonrisa se acentuó en el rostro enjuto del centinela, mientras a sus ojos, oscuros como pozos insondables, se asomaba un destello de malsana diversión.

Descendió de la camioneta, agarró la guadaña, la afiló con mano experta y comenzó a segar.

El hombre que había desdeñado tres avisos entró en la curva a más de 140 km. por hora, perdió el control del Range Rover, color café, y se empotró contra la señal de peligro arrancándola de cuajo.

Momentos después, Pablo Castroviejo se encontraba al lado de la camioneta, sin recordar en absoluto como había conseguido llegar hasta allí.

El campesino dejó de segar y se acercó hasta él.

—¿Puedo ayudarle, amigo? —interpeló el segador, mientras se levantaba el ala del sombrero para secarse el sudor.

—Claro, claro que puede…—Se apresuró a replicar Castroviejo—. Acabo de sufrir un grave accidente. ¿Puede acercarme al hospital más próximo?

Por toda respuesta, el campesino arrojó la guadaña y el cuerno a la parte de atrás de la camioneta y lo invitó a subir con un gesto elocuente.

—Me ha venido usted como llovido el cielo—declaró Pablo Castroviejo, mientras se acomodaba en los duros asientos del desvencijado todoterreno.

—¿Del cielo, dice? —el segador arrancó y engranó la primera—Bueno, no vengo de ahí, exactamente, pero es curioso que diga usted eso…Sí, sin duda es muy curioso…

Sin darle tiempo a su pasajero para que asimilara la enigmática respuesta, enfiló la pista de tierra de regreso a la carretera principal.

Al pasar al lado del coche accidentado, el conductor de la camioneta le hizo una señal perentoria e inequívoca.

Pablo miró el Range Rover, siniestro total, y se vio a sí mismo, cubierto de sangre, con la cabeza emergiendo a través del destrozado parabrisas.

Quiso gritar, pero no lo consiguió. A duras penas, logró articular:

—Pero… ¿Qué…? ¿Qué pasa aquí…? ¿Quién demonios es usted…?

Sin dejar de mirar al frente, el campesino respondió lacónico:

—Un funcionario del Destino, amigo, eso es lo que soy. Me limito a cumplir con mi deber—sentenció, al tiempo que comenzaba a acelerar.

La destartalada camioneta tomó rumbo hacia el Oeste. Una estrella imposible surcó rauda la campiña cuando los primeros rayos de sol impactaron contra el acero curvo de la guadaña.

Nacía una nueva jornada.

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